jueves, 2 de julio de 2015

Los paseos con la abue

El sonido de vajillas moviéndose la empezó a despertar.
Había dormido perfectamente, siempre disfrutaba de la esponjosa cama de su abuela. Al abrir los ojos pudo ver a la abue acercándose con su sonrisa celestial.
-Buen día mi amor, ¿te voy haciendo la leche?
-Hola abue, si. ¿me haces una chocolatada?
-Bueno. Le digo a tu abuelo que te compre unas facturitas mientras vos te vestís. Contestó la abue con voz satisfecha.
La abue acarició la cara de su adorada nieta mayor y se fue a calentar leche.
Pupi ya tenía trece años, pero seguía yendo de su abuela a dormir como cuando era más pequeña. Cada vez que iba, era como ir de vacaciones, que le dieran todos los gustos, todos los mimos posibles.
Luego de tomar el exquisito desayuno, se pusieron a charlar.
-Carlos - dijo la abue con cara seria- ¿te olvidaste que a la nena le gustan las facturas de dulce de leche?.
El abuelo la miraba sorprendido desde la punta de la mesa.
-Me pensé que quería de crema, si querés voy a comprar más
-No abuelo, no hace falta – dijo Pupi entre risas –
-Dejá que ahora vamos a hacer los mandados y si nos dan ganas compramos. Dijo la abue sin dar tantas vueltas.
Así la abue cerraba la charla. No andaba con titubeos, era una mujer fuerte y decidida. Ella podía ser muy prohibitiva a veces, pero tenía mucho amor para dar.
Hacer los mandados no era específicamente eso, era un verdadero paseo por las nubes. Mientras se preparaban para salir, el corazón de Pupi se llenaba de júbilo, como una flor cuando se abre ante los rayos del sol.
Primero, la abue buscaba el bolso de rayas rojas, Pupi tomaba nota  de las cosas por comprar. Luego emprendían el recorrido por los negocios del barrio. Aunque los negocios y la gente ya eran conocidos, cada paseo era único e irrepetible.
El pasillo que había que atravesar para salir a la calle, siempre había tenido esa calidez que pocos pasillos tienen. Era una especie de sendero florido, bastante ancho para ser pasillo, bastante angosto para armar una mesa y comer allí en navidad. A pesar del tamaño, el pasillo era el escenario de algunas fiestas, muchos juegos y guerra de bombuchas cuando era carnaval.
Pero había algo mejor. El pasillo escondía una de las mayores satisfacciones de Pupi: con un palito de escoba rozaba los agujeritos de la pared para que se asomen las arañas. De generación en generación se iba transmitiendo el juego de molestar a las arañas, porque había distintas técnicas para hacerlas salir de sus cuevas. Solo los mayores, que tenían más experiencia, se animaban a meter palitos en las cuevas grandes. Podían pasar horas enteras tocando cada uno de los agujeritos hasta que las arañas salían y allí se armaba el desparramo, todos corrían gritando y riendo como locos.
El trayecto hacia la zona de los negocios no era muy largo pero les llevaba horas enteras. Iban a paso lento, saboreando cada baldosa. En si misma, la baldosa no hacía el cambio por supuesto, la cuestión se volvía mágica porque estaban juntas. Tomadas del brazo, contemplaban el entorno que parecía sonreírles, como si el barrio les diera una gran bienvenida llena de ruidosos aplausos.
No se podría decir cuánto tiempo llevaba hacer los mandados, pero es seguro que mientras Pupi lo vivía, tenía la impresión de que el tiempo se expandía como un abanico, labrando hermosos recuerdos.
La abue paseaba por las callecitas portando su mirada orgullosa, y de cuando en cuando profería alguna crítica sobre un vecino, o sobre los productos de algún negocio. 
Ambas charlaban acaloradamente entre un vecino y otro que se acercaba para saludar. Aunque los vecinos ya conocían a Pupi, la abue siempre repetía por las dudas, para que nadie lo olvide: “esta belleza es mi nieta mayor”.
Vaya a saber porque se amaban tanto, una abuela con su nieta. En el barrio sabían de la magia de ese dúo que caminaba por las calles con total encanto y gracia.
La abue sentía que Pupi embellecía las calles con su hermosura, y Pupi sentía que la abue era una reina querida y admirada por todos. Sabían que hacer con el tiempo, cuando llovía, sabían de que hablar en todo momento, sabían estar juntas.
Una vez terminados los mandados, comenzaba la hora de cocinar. 
Pupi nunca dejó de sorprenderse ante la habilidad y destreza de su abue para la cocina, le resultaba asombroso que un bollo dentro del bolso con rayas se transformara en un suculento almuerzo.
Pero hasta el día de hoy, Pupi no puede discriminar que era lo que más disfrutaba de su abue, es que con ella todo era mágico e imprescindible.
Tal vez, nunca se sepa porque se amaban tanto una abuela con su nieta. Es como si Pupi le hubiera preguntado a su abue por que le gustaban tanto las rosas...
Tal vez no exista una única razón. Es lo que ocurre con las cosas más interesantes de la vida, y más aún si estas cosas son cosas mágicas.