lunes, 26 de enero de 2015

Todavía - Mario Benedetti

No lo creo todavía 
estás llegando a mi lado 
y la noche es un puñado 
de estrellas y de alegría 

palpo gusto escucho y veo 
tu rostro tu paso largo 
tus manos y sin embargo 
todavía no lo creo 

tu regreso tiene tanto 
que ver contigo y conmigo 
que por cábala lo digo 
y por las dudas lo canto 

nadie nunca te reemplaza 
y las cosas más triviales 
se vuelven fundamentales 
porque estás llegando a casa 

sin embargo todavía 
dudo de esta buena suerte 
porque el cielo de tenerte 
me parece fantasía 

pero venís y es seguro 
y venís con tu mirada 
y por eso tu llegada 
hace mágico el futuro 

y aunque no siempre he entendido 
mis culpas y mis fracasos 
en cambio sé que en tus brazos 
el mundo tiene sentido 

y si beso la osadía 
y el misterio de tus labios 
no habrá dudas ni resabios 
te querré más 
todavía.


viernes, 23 de enero de 2015

Relativizar la vida

Relativizar la vida
"Es de mis analizantes que yo aprendo todo,
Muerte y Vida. Gustav Klimt
que yo aprendo lo que es el psicoanálisis".
J. Lacan (1975)

Interrogantes de la práctica y práctica de los interrogantes
Aunque el tema del suicidio es un tema muy investigado, tiene resonancias personales que la escritura me permite desplegar.
Más allá del propio análisis en donde la pregunta ¿por qué alguien se mata? cabo sus metonimias y metáforas, el ejercicio de la escritura funcionó como recurso para pensar y recortar fragmentos de la clínica, e incluso para invertir el interrogante inicial convirtiéndolo en otra pregunta: ¿Por qué alguien no se mata?.
Entiendo que el análisis personal y la supervisión corresponden a unapráctica de los interrogantes, en la medida en que se trata de espacios de apertura en donde aparecen preguntas y uno se implica en ellas. En un segundo momento, es posible situar los interrogantes de la prácticapor medio de la escritura. Ejercicio arduo, a veces tormentoso, a veces romántico. Escritura que siempre conserva el gusto dulce o amargo de la implicación del escritor. Responsabilidad del autor por darle un estatuto real, de letra, a lo simbólico e imaginario de los interrogantes; y compromiso con el otro de la lectura que siempre leerá otra cosa de lo que fue escrito.
En este sentido, la escritura del analista representa un cierre (en términos de empalme y no de clausura) a la pregunta que tuvo su origen en un cortocircuito entre el discurso del analizante y lo inconsciente del analista.
El tema del suicidio venía apareciendo en el discurso de mis pacientes. Sea como un acto consumado de algún ser querido o bien como fantasía antigua o presente del sujeto.
La clínica de las anorexias y bulimias me ha convocado mayormente, y el “discurso anoréxico-bulímico” (M. Recalcati) trae siempre aparejado el fantasma de la propia muerte como un empuje del cual el sujeto no se puede liberar.
Sin embargo, había pacientes con otros planteos que también traían esa intención de “me quise matar” que tenía para ellos un valor de acontecimiento, “un cambio de agujas en el destino” como diría Lacan a propósito de la bofetada que le diera Dora al Sr. K.
Aquellos que habían tenido un acercamiento a la propia muerte como idea o tentativa, dejaban entrever que el disparador había sido un motivo trivial a primera vista. Se habían querido matar por “el infortunio común”, por el mismo apremio de la vida. Cierto malestar se había tornado insoportable.
Dicha inferencia despertó en mí el interés por encontrar una respuesta a la pregunta por las causas. Casi de inmediato pude leer los obstáculos que surgían respecto al tema, pero sobre todo un obstáculo fundamental que no era ajeno a mi práctica: mi necesidad de generalizar lo singular, e incluso mi resistencia a incorporar una verdad estructural.

La demanda de Felicidad y su naufragio
En El Malestar en la cultura, Freud plantea una cuestión de suma importancia: la vida nos resulta gravosa y no se puede prescindir de calmantes, se infiere así que la felicidad no está en los planes de la creación.
Tal como sostiene Lacan (1), el analizante siempre demanda la felicidad. Ser feliz implica por lo general tenerlo todo, salud, dinero y amor como afirma el dicho popular. Desde el discurso religioso se promueve la creencia de que existe una felicidad eterna en el más allá; pero ¿una vida sin cuerpo es vida?. Al respecto Lacan dice “…no sabemos que es estar vivo a no ser por esto, que un cuerpo es algo que se goza”(2).
Aunque la felicidad como estado continuo es un imposible, aún vivimos con un cuerpo que se une a la palabra, cuerpo que presta el escenario no solo para el goce sino también para que el amor de sus señales.
El sufrimiento, placer paradójico al decir de Freud, es el precio a pagar cuando se persigue el más allá del placer: una beatitud silenciosa e inmóvil, una tranquilidad o apaciguamiento de las excitaciones, pero sin cuerpo.
Se trataría de esta paz con la que el neurótico fantasea: “¡lo único que quiero es paz!”, grita en su queja. No hay paz absoluta y perdurable si se conserva la vida, del mismo modo que no hay vida pacífica si uno muere.
De todos los peligros que presenta la vida, las relaciones amorosas ocupan el primer plano. El amor se aúna con la idea de felicidad en la medida en que es pensado como posibilidad de completud.
Es interesante el giro que produce Lacan en el año ´72 respecto a las razones por las cuales la felicidad sin fisuras es un imposible. Comienza a distribuir las posiciones de hombre y mujer de acuerdo a los cuantores que hacen argumento a la función fálica como un todo o un no todo.
Afirma que no hay relación sexual al modo de una complementariedad llave/cerradura. Por esta razón, la inserción del sujeto en el discurso es pensada en torno a la función del falo simbólico. ¿Que hace el sujeto con ese real?, ¿cómo se las arregla con la existencia de una no relación sexual?.
En consonancia con la diferencia irreductible entre masculino y femenino, Lacan dice “la esencia del objeto es fallar”. El fracaso, la contingencia en todo encuentro amoroso pone en juego la estructura en la medida en que si un amor es en serio, reactualiza la castración y hace patente la posibilidad de pérdida.
A falta de relación sexual, hay el amor. Entre el hombre y la mujer hay el a-muro va a decir Lacan. Se trata de se escollo que se interpone entre los dos, el “a” como resto y causa de deseo.
En estas ocasiones en donde el amor o la falta de amor llevaba a la idea de muerte (3), la posición del sujeto respecto a su partenaire aparece en el discurso mismo, pudiendo establecerse dos posturas: la completud es un anhelo y una fantasía; o bien la completud es una certeza que se ubica en el centro de la vida del sujeto.
Al despejar lo fenomenológico del síntoma, adviene en la mayoría de los casos un malestar que puede escribirse como “penas de amor”. Uno pena por amor a los padres, a la pareja, al hijo, al ideal no alcanzado.
La felicidad amorosa en tanto demanda puede pensarse como la búsqueda de una unión sin fallas, una fusión en donde de dos se haría uno.

Ficción y Estructura: El héroe enamorado
Decimos entonces que la felicidad amorosa entendida como una transgresión matemática en donde dos harían uno, si existiese, llevaría a la aniquilación.
En el seminario El acto analítico, Lacan hace alusión a la tragedia y su analogía con la estructura. La tragedia se instala como ficción organizadora de lo simbólico. Ficción novelesca e historia de amor, el Complejo de Edipo plantea la conflictiva fundamental de todo amante: ¿conservación del objeto sexual prohibido o conservación del propio cuerpo?. El sabio de Freud contesta rápidamente que la mayoría de las veces gana el narcisismo y el niño asume su propia castración (como riesgo o hecho consumado) retirándose de la escena.
La mayoría de las veces, no todas.
Veamos cómo define Aristóteles a la tragedia: “Una tragedia, en consecuencia, es la imitación de una acción elevada y también, por tener magnitud, completa en sí misma; enriquecida en el lenguaje, con adornos artísticos adecuados para las
diversas partes de la obra, presentada en forma dramática, no como narración, sino con incidentes que excitan piedad y temor, mediante los cuales realizan la catarsis de tales emociones”(4). Rescato estos puntos: acción elevada y completa, de presentación dramática que figura una catarsis de emociones.
El acto suicida es un acto trágico desprovisto de ficción. En vez de funcionar como historia en donde el sujeto se aloja, en el acto de “darse muerte” el sujeto se sale de la escena. Sabemos que el parletre nunca es dueño de su acto más que retrospectivamente, todo acto encierra un fracaso excepto el acto suicida dirá Lacan. Allí no hay tiempo para la remisión significante que instala al acto (el que sea) como tal.
En su actuación final, el ser hablante se convierte en hablado. Es silenciado y vaciado de toda emoción. Aquel que se mata por amor deviene en héroe enamorado por encarnar su drama y llevarlo hasta las últimas consecuencias. En su acto, el héroe dice que no hay nada más allá de ese objeto de amor, o bien que con el objeto había todo y sin el objeto hay nada.
Respecto al héroe, Lacan dice: “…el héroe, cualquiera de ellos que se embarca solo en el acto, está destinado a ese destino de no ser al fin más que deshecho de su propia empresa”(5). En su prueba de amor, el héroe termina desechado.
Los recursos para “arreglárselas” con las penas de amor dependen entonces de las posibilidades de cada uno. Si se trata de un amor vivo (posibilidad de completud a nivel fantasmático) podemos pensar que hay más chances de que el sujeto pueda sustituir el objeto, tal como sostiene Freud a propósito del duelo normal. En el caso de un amor muerto (6) (certeza de fusión a nivel real), junto con ese objeto esencial que se va, se pierde el sujeto.
Ante la pérdida del objeto amado, objeto fundamental en la vida de alguien, el sujeto puede elegir morir o bien encontrar un drenaje al dolor por medio de la sublimación.
Esta posición “heroica” es descrita por Freud destacando una desacreditación de la muerte en la medida de que nada pulsional lleva a creer en ella (7).
El héroe enamorado no carece de vinculación con la feminidad entendida como posición que se relaciona con un goce místico, infinito e inexistente; goce supremo del ser, dirá Lacan. A este no todo de la feminidad debería anexarse el todofálico de la masculinidad para hacer un balance. Al respecto, Silvia Amigo comenta “…para que su feminidad no sea locura mística, extravío continuo. Como se constata, tan no toda es la feminidad que tampoco puede ser toda feminidad” (8). LA mujer convoca a un goce sin borde que lleva a la desdicha o bien a una entrega definitiva y un viaje sin retorno hacia lo profundo del ser.


Una muerte en el horizonte
"Ninguno de nosotros vive para sí mismo,
 y ninguno para sí mismo muere".
S. Pablo, Epístola a los romanos

En algunos de mis analizantes, se hacía patente una pregunta existencial que no lograba anudarse con el símbolo, o más precisamente con la vida. Se trataba de un dolor a nivel del ser, ser siempre para Otro, esta pregunta proferida al Otro de los cuidados, del amor: ¿Qué me quieres?, ¿puedes perderme?, no obtuvo respuesta.
Lacan indaga acerca de esta pregunta por la existencia “¿que soy ahí?”, en el Otro, pregunta que remite siempre al sexo y su contingencia en el ser, es decir a la procreación y la muerte.
En el Seminario X, Lacan presenta una interesante versión del duelo. Solo se hace el duelo por aquel que nos ha otorgado un lugar en su falta.  Por otra parte, Lacan considera que la erótica no se reduce al acto sexual sino que incluye el duelo y su imposibilidad. El sujeto va a organizar su erótica en torno a este objeto que es el “a”, precisamente por tener este defecto en la estructura el amor es posible. Ante la pérdida de un objeto amado, surgirían las vías del duelo o la locura.
En sus historiales, Freud trabaja el tema de la muerte considerando al suicidio como un síntoma. Se infiere de su letra que alguien intenta matarse para obtener algo a cambio (en el caso de Dora) o bien para liberarse de un sufrimiento insoportable (la joven homosexual). Pensando al suicidio como un pasaje al acto, Lacan teoriza la situación como una caída al mundo. El sujeto pierde su posición y deviene objeto expulsado. Se produce una desvinculación del sujeto con la escena fantasmática y esto genera la sensación de falta de límites. Sin un sostén que enmarque e historice, se hace posible la precipitación, cuyo paradigma es el arrojarse por la ventana.
Allí, el sujeto se abandona, se entrega al mundo. Esto recuerda al sentimiento oceánico descrito por Freud, donde se experimenta la sensación de fusión con el todo.
Hablar de la muerte revela la esencia del goce fálico como bla, bla, bla, se diga lo que se diga, siempre se trata de una verdad recortada.
La muerte en el horizonte no necesariamente es la muerte del sujeto, puede ser la muerte de un nombre que anuda a la vida, a la existencia. Trátese de madre, padre, esposa, esposo, novia, gerente de compras, son nombres que sostienen. Podría decir que se ama este nombre, el sujeto se identifica con él y por este motivo lo hace existir. Ante la pérdida de un nombre con este valor, se revela su doble amarre: por un lado amarra al sujeto con un objeto esencial, y por otro lado amarra al sujeto con la cadena simbólica.
Por suerte o por desgracia, el nombre identifica pero no da una identidad absoluta, esta situación de pérdida es así una gracia a partir de la cual alguien puede nombrarse de otras formas o bien una desgracia que somete a un único y letal destino en donde, sin ese nombre, no hay existencia.
La multiplicidad de nombres posibles, revela que el ser del sujeto posee la mayor ambigüedad, por este motivo Lacan dice “…la pregunta por su existencia baña al sujeto, lo sostiene, lo invade, incluso lo desgarra por todas partes” (9).

Relativizar
Inicialmente la pregunta ¿por que alguien se mata? había despertado mi interés, pero hubo una inversión y un pasaje hacia ¿Por qué alguien no se mata?.
Había omitido la enseñanza de Lacan acerca de lo incalculable respecto al suicidio. Con la pregunta inicial, pretendía hallar una respuesta unívoca. Si bien no se puede generalizar acerca de las causas del suicidio bajo la égida de los conceptos, las vivencias determinadas, criterios estructurales o traumatismos específicos; algo se puede decir.
Se puede decir primeramente que la muerte es un real que inicia la vida. El suicidio no es la muerte (10) en la medida en que involucra siempre una fantasía de desaparición que antecede al acto suicida.
Planificación delirante o no, impulso anónimo o elección forzada, el suicidio revela un intento de escape y liberación de un Otro aplastaste. Otro simbólico defectuoso por carecer de su defecto fundamental: la falta.
Puede decirse que cuando alguien sueña con su desaparición definitiva como gesto último y emancipador, se sumerge en el mayor de los goces.
Lacan sitúa la tendencia suicida rescatando los conceptos freudianos de pulsión de muerte y masoquismo primordial, pero agrega que la muerte es experimentada como “miseria original” que corresponde al traumatismo del nacimiento. Dicha miseria acecha a todo ser humano y puede conducir a esas trampas del destino (11) que llevan a creer en una libertad que uno no posee. Por esto Lacan afirma que la idea de libertad absoluta lleva a la locura, y que el ser no es sin la locura como límite de su libertad. Cuando alguien comete su acto mortal a raíz de la pérdida de un amor podría pensarse que esa locura, ese extravío tenía sus antecedentes. Es común escuchar que la gente se suicida por tener un trastorno bipolar, depresivo, psicótico, etc. Pero los criterios psiquiátricos a veces sirven para preservarnos de una realidad humana de la que nada queremos saber: el ser humano es un loco en potencia.
Desde el momento en que somos hablante-seres, la locura está en germen. En aquellas situaciones donde el amor funciona como suplemento de la falta de relación sexual, también puede haber complicaciones produciéndose un estancamiento del trabajo del duelo, o un giro hacia la locura del ser.
A veces ocurre que los psicoanalistas ponemos especial reparo con las palabras, terminologías a utilizar, por temor a que se malentienda, por temor a ser confundidos con discursos a los que no pertenecemos. Pero algo hay que decir.
Hay que decir que nada obliga a vivir salvo el discurso en la medida en que hace lazo social, esto significa que cualquier persona puede darse muerte desde el momento en que el fantasma de la propia desaparición hace a la constitución misma del sujeto como deseante.
Pero el sujeto no queda en ese momento afanístico, para acceder al deseo precisamente debe encontrar un sentido. Un sentido, el que sea. Un sentido que sostenga, por más inconsistente que sea, hay un sentido que libera de la cárcel afanística en donde uno se ve compelido a preguntarle al otro si puede faltarle.
Esto es una prueba de amor, que puede ser superada o no.
Lacan va a decir que la entrada al juego de los significantes es como muerto pero solo en cuanto vivo se va a poder jugar.
Cuando Lacan sitúa en el caso Shreber su neologismo fundamental, el “asesinato de almas”, lo atribuye a “…un desorden provocado en la juntura más íntima del sentimiento de la vida en el sujeto” (12). Habría un sentido mortal que se instala primeramente en la estructura como un exterior que facilita el nacimiento de los símbolos, pero también hay un sentimiento de la vida que reduce el desamparo inaugural al facilitar conexiones con otros, es decir con la realidad.
Para concluir, el analista debe relativizar su pensamiento del mismo modo que el analizante debe relativizar su vida; ya que todo ser hablante tiene el “poder de retener o de inventar” (13).


Anexo
La voz a ti debida - Pedro Salinas
Versos 54 a 90

¿Serás, amor un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Amor es el retraso milagroso
de su término mismo;
es prolongar el hecho mágico
de que uno y uno sean dos, en contra
de la primer condena de la vida.
Con los besos,
con la pena y el pecho se conquistan
en afanosas lides, entre gozos
parecidos a juegos, días, tierras, espacios fabulosos,
a la gran disyunción que está esperando,
hermana de la muerte o muerte misma.
Cada beso perfecto aparta el tiempo,
le echa hacia atrás, ensancha el mundo breve
donde puede besarse todavía.
Ni en el llegar, ni en el hallazgo
tiene el amor su cima:
es en la resistencia a separarse
en donde se le siente,
desnudo, altísimo, temblando.
Y la separación no es el momento
cuando brazos, o voces,
se despiden con señas materiales:
es de antes, de después.
Si se estrechan las manos, si se abraza,
nunca es para apartarse,
es porque el alma ciegamente siente
que la forma posible de estar juntos
es una despedida larga, clara.
Y que lo más seguro es el adiós.

Notas
1-    J. Lacan. El Seminario VII. La ética del Psicoanálisis. Paidos. Bs. As. 1995.
2-    J. Lacan. El Seminario XX. Aún. Paidos. Bs. As. 1992
3-    Me refiero a los análisis que he conducido. A lo largo del escrito las  observaciones clínicas se limitan a dichos casos.
4-    Aristóteles. La Poética. Versión digital en http: www.uqr.es. Biblioteca Universidad de Granada.
5-    J. Lacan. El Acto Analítico. Inédito. Traducción de Silvia García Espil. Pag.95.
6-    J. Lacan. El seminario III. Las Psicosis. Paidos. Bs. As. 1984.
7-    S. Freud. “De guerra y muerte. Temas de actualidad”. O.C. Amorrortu Editores. T. XIV. Bs. As.1979.
8-    S. Amigo. Clínica de los Fracasos del Fantasma. Homo Sapiens. 1999. Pág. 214.
9-    J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 526.
10-  J. Jinkins. “La Interpretación Psicoanalítica del suicidio”. En Conjetural Revista Psicoanalítica N°10. Ediciones Sitio. Bs. As. Agosto 1986.
11-  J. Lacan. Acerca de la causalidad psíquica. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008.
12-  J. Lacan. De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la Psicosis. Escritos II. Bs. As. 2008. Pág. 534.
13- J. Lacan. Función y campo de la palabra en el lenguaje y en el psicoanálisis. Escritos I. Siglo XXI. Bs. As. 2008. Pág. 258.