jueves, 8 de mayo de 2014

Hasta el infinito

El encuentro fue espontáneo.
Después de una distancia que a fin de cuentas había sido una espera, verse aquel día era imprescindible.
Ninguno sabía que iba a surgir de esa  tarde de invierno con un sol radiante, pero ambos empezaban a cambiar el aura. Cada uno por su lado se dirigía hacia el soñado encuentro en el parque, así armado como por un capricho de los dos.
En cuestión de quince minutos, el presente había llegado: Lilian lo buscaba entre tantas cabezas y Horacio la encontraba, obnubilado por ella. El césped era el lienzo que prestaba un fondo a todo aquello que no parecía tener fin. Cuando se vieron fue como un choque de trenes vaporosos llenos de burbujas, y ellos parecían asumir una especie de estrellato; como si fueran los protagonistas de un cuadro de Monet.
Ver que ambos coincidían ese día, a esa hora, llenaba la atmósfera de alegría y tranquilidad. Dadas las circunstancias, cualquier argumento más o menos cuerdo podría tirar todo abajo y alguno podría haberse arrepentido en el trayecto.
Lilian apresuró la marcha hasta el punto de tener que esquivar a las personas que iban caminando plácidamente para llegar hasta Horacio. Ahí estaba él, como detenido o estaqueado en el piso observándola mientras agitaba unos papeles enrollados que tenía en la mano. Ella había sido un indescifrable y ahora podía verla, tocarla, besarla.
Algo en la mirada de Horacio la incomodaba,  y Lilian tenía la necesidad de moverse un  poco para disimular. Movía el cuerpo con cualquier excusa: abrocharse el saco, acomodar la cartera en el hombro, patear alguna piedrita.
Para cuando ella terminó de imaginarlo vestido de blanco en un altar lleno de lilas, ya estaban sentados frente a frente. Como una niña pequeña, Lilian no podía dejar de sonreir. Mientras le hablaba, ella escuchaba  su propia voz como viniendo de otra parte, como si de otra mujer se tratara.
Al modo de una estatua viviente, él miraba para los costados, para cualquier lado hasta que finalmente la miró a los ojos. La complicidad que los abrazó en ese instante era tal que lindaba con lo siniestro, pero no había dudas de que valía la pena.
Por lo tanto, hubo ese momento fugaz en donde sintieron que se amaban profundamente. Fue necesario permanecer en silencio, y en ese intervalo entre una palabra y la otra, entre dos gestos, supieron que estaban enganchados hasta el infinito, y que no había vuelta atrás de esta condena. “A través de tus ojos puedo ver el mundo”, dijo Lilian aún sorprendida por sus propios sentimientos. “A través del mundo puedo ver tus ojos”, dijo Horacio tomándola de la mano para acariciarla.
En ese momento la gente que transitaba ya era bruma en movimiento, por horas, o tal vez durante varios días, Lilian pensó que ese amor era lo único verdadero en el universo.
Es así que emprendió un viaje hacia un más allá de lo cotidiano. Más allá de su vida, siempre estaba la boca de Horacio esperándola. Este amor era una invitación a no se que clase de fiesta existencial a la que nadie podía negarse.
El distanciamiento había sido culpa de los planetas que orbitaron de forma incorrecta durante diez años consecutivos. Ninguno de los dos había querido alejarse pero la vida nos había separado. Volver  con Horacio era un gran acontecimiento, por lo que Lilian se vio asaltada por la poesía propia o ajena y decía cosas sin parar. Como dice tal, como dice cual…como dice G. Cerati “lo entendí todo, menos la distancia”. Ese fue su lema durante mucho tiempo. La canción rigió su vida hasta que, por fuerza mayor, ella tuvo que acudir al médico clínico.
Hacía tiempo que sentía mareos y fatiga, el médico le diría si tenía bajas las defensas o si precisaba vitaminas. Ese fue un día como cualquier otro, nada fuera de lo común. Tenía que hacerse un chequeo de rutina y levaba los resultados de los análisis de sangre.
Con la impresión de que el tiempo pasaba demasiado rápido, comenzó a subir las escaleras del sanatorio, y luego de atravesar la burocracia de la atención médica, tomó asiento frente al consultorio del Dr. Cavagnaro.
Cuando Lilian se disponía a tomar una de las revistas pasatistas que tanto me gustan, alzó la mirada como un gesto automático de tanteo del lugar y comenzó a temblar de espanto.
Dejó de sentir el cuerpo y solo podía oír su respiración acelerada, fuera de control.
Sobre el revistero de la sala de espera reposaba un imponente cuadro de Monet con bellos colores. Allí estaban Lilian y Horacio tomados de la mano, caminando hacia el más allá.




Latitud del recuerdo

Al mediodía tuve que agarrar la almohada que usabas y recostarme sobre ella sin pensar en nada, el perfume que quedo cuando dormías fue mi manto y la cuota diaria de supervivencia. Ya son las ocho de la noche y sigo esperando que las horas no transcurran, es decir, que el ciclo del planeta se corte y la tierra deje de girar. Solo quisiera descansar de todo lo que tengo que hacer, cosas que hago al modo de una marioneta sin alma propia.
Ese lavarropas infernal ya no hace ruido, y el solo hecho de saber que tengo que colgar una ropa que no es tuya me da palpitaciones. Sé que voy a terminar en el patio, con la cara congelada y la mirada perdida en un punto lejano que se va descompletando.
Ya me lo dijeron, es infructuoso salir al patio y pretender que cuando vuelva a entrar a la casa estés desparramado en el sillón como solías hacerlo a esta hora.
Sin embargo, en la oscuridad de la noche, espero que grites mi nombre y me preguntes donde deje esto o que hice con esto otro. Pero solo se oye el sonido que hacen mis manos cuando cuelgo mi ropa húmeda en la soga.
Seria, cansada y con el gesto apretado, ya no recuerdo que hice ayer, o cuándo fue la última vez que las cosas sucedían sin tanto esfuerzo. Cada idea está contaminada de emociones tóxicas que van dejando esas imágenes nuestras cuando pasan. No hay remedio que me libere de esas fotos mentales que te traen hacia mí sin cesar.
A pesar de todo, a veces duermo. Los sueños son siempre inquietantes  y al despertar, lo único que encuentro es el silencio y la quietud de estar sola.
Solo puedo sostenerme de una imagen desgarrada en donde hacíamos todo juntos. Ni siquiera puedo volver a ver esa foto tuya que está debajo de un folleto, adentro de mi agenda. No quiero verte si no vas a estar, y a la vez, no dejo de verte parado al lado del teléfono buscando algún papelito de esos en donde yo anotaba todo, o caminando por la casa buscando cosas para ordenar. Pero ya no me hablas, ya no puedo tocar tu pelo dorado ni observar cómo tus pestañas danzan al verme entrar.
Al final del día, mis ideas se manchan de preguntas sin sentido, sin destinatario, ¡como si no supiera la respuesta!. Son saberes que agrandan esta herida abierta y hacen que el tiempo se derrame sin cesar como agua entre los dedos.
Extraño hasta las realidades calladas, y esos roces en el cuerpo cuando uno iba para la cocina y el otro para el comedor. Montaña rusa entre un amor sin límites  y el odio más profundo, porque me dejaste y habíamos dicho que nos íbamos a ir juntos.
Aunque siento que hablo en una lengua muerta, por lo menos hablo.
El tiempo ha pasado, pero aun así mis párpados se siguen cerrando para amortiguar el golpe. Recuperarse, levantarse, seguir con mi vida, siempre me dicen ese tipo de cosas. Que saben ellos de mi dolor…
Quiero desafiar el dicho popular que dice “todo pasa”, todo pasa menos vos. Vos y también lo que yo era cuando estaba a tu lado.
Los días se van sin que yo pueda registrar ningún momento importante. Se cortó el hilo que me hacía levantar cada día. Aunque me quejara y no quisiera hacer de comer, yo estaba con vos y eso era suficiente para sentirme viva. Hablo de esa felicidad de tenerte conmigo, de saber que tenemos planes, que una vez al mes vamos a ir al cine y una vez por semana iremos a cenar. Una felicidad cotidiana, imperfecta pero eficaz, que empecé a sentir desde el primer día en que nos conocimos.
Tan cerca estaba de cambiar mi vida que la primera vez que dijiste que me amabas me pareció una broma del destino, o un resarcimiento por todo lo que me había tocado vivir. Aquel día, el sol rodeaba tus pestañas haciendo que tu cara se acercara a mí en tres dimensiones. Yo permanecía con las piernas cruzadas, como si estuvieran atadas al banco de la plaza. Ya en aquel entonces, tenía miedo que mis piernas se soltaran  prescindiendo del resto de mi cuerpo, para abrazarte eternamente y jamás dejarte ir.