lunes, 26 de septiembre de 2011

Las Crisis vitales

Hay momentos en la vida que podemos definir como críticos, y son esos momentos en donde se está por producir un pasaje de un estado a otro, o incluso de un nombre a otro: de niño a adolescente, de la adolescencia a la adultez, de ser hijo a ser padre, de soltero a casado, de estudiante a profesional, de empleado a supervisor, de empleado a desempleado, de casado a viudo o divorciado. Claro que hay momentos que pueden comprometer al sujeto en mayor o menor medida.
La definición de la palabra crisis según el diccionario de la Real Academia Española es la de una mutación que acontece durante una enfermedad para mejorar o agravar el estado del paciente. Este significado también puede aplicarse a momentos de inestabilidad individual o social. La crisis siempre involucra un cierto grado de incertidumbre, tal como lo revela la etimología griega de la palabra, que alude a “separación”, “decisión” y “rompimiento”. Decir que una persona o país se encuentra en crisis es decir que el estado de cosas ha cambiado bruscamente y reclama una nueva toma de posición para que la situación se modifique.
El enfrentar una crisis siempre trae como resultado un cambio radical que puede ser real o más bien simbólico.
Tal como sucede en el caso de las enfermedades orgánicas, una crisis puede tener dos desenlaces. Al respecto es interesante remitirse al significado de la palabra crisis en el idioma chino. Crisis (危机, weiji), se compone de dos ideogramas: Wēi () que se traduce como “peligro” y   (simplificado: , tradicional: ) que se puede traducir como “chance” u “oportunidad”.
Es así que ante toda crisis sentimos angustia, como anticipación de un peligro inminente que amenaza las cosas que tenemos, sean buenas o no tan buenas, lo que se pone en riesgo es una situación conocida; la crisis indica que dicha situación fue o debe ser abandonada. Otro factor muy importante que interviene es el tiempo, el estado crítico suele agravarse cada vez que pretendemos retrasar o adelantar el tiempo, ya que la crisis se resuelve cuando podemos servirnos o apropiarnos del tiempo presente. El tiempo que nos tome resolver las crisis es singular y depende de los recursos que disponemos para alcanzar esa resolución.
Tarde o temprano se termina por descubrir que, ante una transformación inminente, la única salida es el acto. Los problemas empiezan cuando no asumimos el propio acto, y solo nos dedicamos a ocultar ese tiempo decisivo mediante una serie interminable de acciones. Estas acciones mayormente impulsivas arman una secuencia que se sostiene de la evitación, de la ilusión y a veces del sufrimiento.
Cuando algo desagradable empaña el equilibrio de una vida, la primera reacción es esperar que la solución caiga del cielo. La espera está emparentada con la fantasía, una presentación imaginaria  que muestra otro contexto, otro estado, o a nosotros mismos siendo otros, generalmente con todas las necesidades satisfechas y los deseos colmados. Las fantasías encierran una trampa: uno no quiere salir de ellas, el fantasear diurno es un hábito que por más agradable que parezca implica en menor o mayor medida un distanciamiento de la realidad material. Pero la consecuencia más preocupante de quedarse “en espera” es que al delegar nuestra responsabilidad a otros (sean ficticios o reales, personas u acontecimientos) padecemos el primer significado de la palabra crisis, como dificultad, peligro, sin poder apropiarnos de la otra connotación de la crisis como ocasión, suerte y oportunidad.
Si concebimos la crisis como una oportunidad para encontrarse con lo que verdaderamente se quiere, frases como “por que a mi”, “que alguien me solucione esto”, “no puede ser” caen por su propio peso.
Por lo tanto, cuando uno fantasea, lo hace en forma solitaria, alimentando el narcisismo pero dificultando la posibilidad de encontrar satisfacciones menos idílicas pero más realistas. Muchas veces por detenernos en grandes ideales perdemos oportunidades de crecimiento, bienestar, progreso o conocimiento. El camino de la creencia ciega en los ideales puede llevarnos a perder de vista nuestro propio cuerpo, que como muchas otras cosas de la vida, nunca va a coincidir plenamente con el ideal que se persigue o que se muestra masivamente en los medios de comunicación. Una mayor cercanía al ideal, exige mayores sacrificios. Creyendo que nos acercamos a la perfección sacrificamos cosas que no son para perder, como el  peso, los rasgos faciales que nos singularizan, los lazos con otros, la salud inclusive. Pero lo más significativo es que todo intento de cópula con el ideal involucra en decaimiento del propio deseo.
El Otro del que tanto habla el psicoanálisis, ese Otro puede tener nuestra vida en sus manos, no es necesariamente una persona de carne y hueso, puede ser un mensaje publicitario, el dictamen de una moda, una frase que fue incorporada (e inclusive mal interpretada) en la infancia y persiste como un “deber ser” actual.
Es por eso que el dolor, el descontento que trae aparejado la crisis suele estar relacionado con un alejamiento del ideal o de los planes que teníamos y no pudieron ser de esa forma. “Las cosas deberían haber sido de otra manera”, “tendría que haber hecho tal cosa”, “si no hubiera hecho eso ahora estaría bien”, etc.
Tal es así que un sujeto puede llegar a formular “yo no debería haber nacido”, y en realidad cuando la crisis se desencadena, ya no se trata de decidir si se quiere o no se quiere vivir, sino que se trata de elegir cómo se quiere vivir.