viernes, 28 de octubre de 2011

HACER EL DUELO

Podemos diferenciar tres posibilidades en relación a la pérdida de un objeto de amor. El duelo normal, el duelo patológico o complicado y por último, el duelo imposible. Toda neurosis desencadenada puede ser pensada como un duelo complicado y toda psicosis se asienta en un duelo imposible de realizar. Pero cuando hablamos de “hacer el duelo” normal y dejar ir al objeto amado (que puede ser una persona o un ideal) nos damos cuenta que también encierra un margen de locura. La primera reacción ante una pérdida aunque sea nimia es: “no puede ser”, “no lo puedo creer”. Y es esta negación inicial que se plantea en todo duelo la que muestra la veta loca del ser humano. Claro que una mínima dosis de locura es inevitable por tratarse de seres hablantes y sexuados, y tenemos noticia de esta condición humana gracias al amor, que también en sus inicios implica la negación de toda falla y toda diferencia con el objeto en cuestión.

¿Qué características tiene que tener el objeto perdido para reclamar un duelo?. Según Freud, este objeto debe ser importante para el yo, la relación con ese objeto tiene que estar “reforzada por miles de lazos”. Estos puntos en donde uno está enlazado al otro son afectados por el trabajo del duelo, ya que deben ser recorridos pieza por pieza, detalle por detalle, repasando lo vivido, lo escuchado, lo visto, lo sentido. Se realiza el camino inverso tratando de sacarle al objeto todas las cosas que fueron depositadas en él (desasimiento de la investidura libidinal). Este recorrido a través del recuerdo demanda un gran gasto de energía y se va realizando muy lentamente. Lo distintivo del duelo es que el sujeto debe perder no solo el objeto sino también  una parte suya.

En el duelo, la relación con el objeto es vista como desde afuera, como en una película que se padece tristemente. Contribuyen al trabajo del duelo todas las huellas que el objeto ha dejado, perfume, fotos, letra…el objeto amado deja marcas. Recién cuando el duelo finaliza podemos mirar o crear otra película, volver a apasionarnos o interesarnos por el mundo exterior.

Pero puede que surjan complicaciones en el proceso del duelo, detenido en el trayecto, el sujeto queda amarrado a los rasgos del objeto perdido que no termina de perderse. En estos casos se encuentran serias dificultades para soltar lo que debemos soltar y esto trae consecuencias que invaden la vida del que queda.  El sujeto tiene la impresión de que el tiempo no pasa, de que todos los días son iguales. Por esta razón, si la situación se prolonga en el tiempo puede desencadenar depresiones en lugar de tristeza. Los duelos complicados pueden darse en relación a etapas de la vida o ideales que tenemos. Lo perjudicial en estos casos es que el sujeto no puede avanzar, pasar a otra cosa: sea de la niñez a la adolescencia, de estudiante a egresado, de hijo a padre, o de tener una pareja a tener otra.

Otra de las posibilidades es que la realización del duelo resulte imposible. En estos casos el sujeto no llega a comenzar el trabajo del duelo y las pérdidas son vividas como agujeros reales que no pueden inscribirse. Una forma restitutiva que encontramos en las psicosis es el delirio. En este caso, es imposible anotar las pérdidas, y como no se anotan, aparecen  en forma alucinatoria. Para no ser aplastados por los objetos perdidos es necesario poder simbolizar las pérdidas con imágenes y palabras.

Tal como plantea J. Derrida, ante la pérdida del objeto tenemos dos caminos: la infidelidad o la locura. Podemos recordar al objeto y ser infieles por dejarlo ir o podemos alucinarlo y conservar la fidelidad.

Respecto a las psicosis, J. Lacan llega a decir que lo que limita la libertad del hombre es la locura. Es así que cuando la fidelidad  a lo perdido nos encierra,  la infidelidad nos libera.

En muchos casos el enlutado emprende el camino de la locura, se marcha con el objeto perdido teniendo la ilusión de reencontrarlo. Siendo fiel hasta la muerte ya no hay esclavitud ni dolor, pero tampoco hay libertad. Reconocernos como mortales hace que las pérdidas puedan ser vividas de otra manera, aceptar que somos seres finitos nos permite disfrutar de infinitos placeres, tolerar la ausencia nos hace atesorar la presencia y enriquecernos con ella. Si fuéramos eternos, ¿cómo podríamos ser libres de amar tan intensamente?.

Fantasmas
http://psicologapaulalucero.blogspot.com.ar/2012/01/fantasmas.html

martes, 25 de octubre de 2011

El Psicólogo en nuestra época

El psicólogo a lo largo de los años fue relativamente aceptado como profesional capaz de resolver conflictos, asesorar u orientar en ciertas temáticas. Mayormente se lo asocia a los problemas y a la locura. A pesar de que su función en la sociedad actual es más que necesaria, la idea de empezar y sostener una terapia no deja de resultar amenazante para muchas personas.
El imaginario de muchos es habitado por frases del tipo: ¿Por que tengo que ir yo al psicólogo?, ¿me va a poder ayudar solo con palabras?, ¿le tengo que pagar solo para que me escuche?, ¿voy a ir al psicólogo para que me diga las cosas que hice mal o me de consejos?, a los problemas los tiene que solucionar uno solo, yo no tengo ningún problema, etc.
Más que con problemas, el Psicoanálisis trabaja con lo que no anda, con el malestar del sujeto en el campo del lenguaje, y este malestar puede ir de desde una necesidad de ser escuchado hasta la locura propiamente dicha. Hay que dividir las aguas porque cuando hablamos de malestar no necesariamente hablamos de locura; y porque lo que consideramos inicialmente como un problema puede transformarse en solución.
Aunque los psicólogos guardamos en nuestro interior el deseo de ser reconocidos como profesionales que saben lo que hacen, en el mismo sentido en que se reconoce a un médico por ejemplo o a un ingeniero, la Psicología no es una ciencia al modo de la ciencia moderna, en donde dos más dos es cuatro. En Psicología y más aún en Psicoanálisis, dos más dos puede ser cinco.
El malestar es inherente al ser humano, pero a veces ese malestar adquiere un papel protagónico que nos lleva a realizar una consulta o comenzar un tratamiento. La mayoría de las personas ante un sufrimiento psíquico-emocional acude a nuestros  potenciales aliados en el campo de la salud: los médicos. Por suerte la medicina fue incorporando a la Psicología como un recurso a utilizar desde el punto de vista interdisciplinario, lo cual implica cierta revolución epistemológica con respecto a otros momentos históricos.
Como decía, en algunos casos primero se pasa por el médico como modelo de saber. Pero el médico reconoce este otro saber que encierra la Psicología y le propone al paciente que haga uso de ella. Este acto médico es loable ya que puede ser leído por el paciente como una falta de saber de su parte, la imagen del médico se mueve ante los ojos del paciente. Pero por más paradójico que parezca, el límite es lo que posibilita toda ética: conocer los propios límites profesionaliza.
La misma ley afecta al psicólogo que debe conocer donde empiezan y terminan sus posibilidades de intervenir. El psicólogo suele ser  tildado de estafador por robar la plata de la gente, pero esto se revierte cuando uno pasa por la experiencia de un análisis. E incluso al final de esta experiencia algunos pacientes terminan sintiéndose en deuda.
Entonces al principio hay una gran desconfianza, y cierta renuencia a pagar por algo que no es un objeto de consumo. Después se genera una especie de dependencia del sujeto al espacio analítico, llueva, truene, caigan piedras… el sujeto se hace presente en las sesiones, para finalmente salir del consultorio siendo otro, un otro más auténtico, un otro con menos malestar. Claro que esta experiencia no sirve a todo el mundo. Puede que a otras personas les resulte otro tipo de espacio (yoga,  astrología, shiatsu, tarotismo, acupuntura, autoayuda, deportes, religión) o tal vez pueda resolver lo que lo aqueja por medio de la sublimación.
El psicólogo no puede prometer la felicidad absoluta porque simplemente no está en los planes de la creación, decía Freud. Toda promesa de felicidad debe ser evaluada críticamente porque es probable que se trate de una estafa.
Por lo tanto, el psicólogo o la psicóloga que habla con voz calma, viste bellamente, lee tantos libros y posee tan buenos modales no da consejos. Su función no es enseñar a vivir sino despejar el camino para que el sujeto elija cómo vivir asumiendo la responsabilidad de sus elecciones. Diría Lacan, pagando el precio. Todo tiene un precio. Y cómo cuesta poder sostener una terapia… siendo el síntoma lo más extraño y a la vez lo más propio de cada uno. Uno no abandona el síntoma y la comodidad fácilmente. Por lo general, es cuando el sujeto está al borde del abismo que el psicólogo adquiere un rol preponderante y a él se une el psiquiatra. Los psicólogos no nos asustamos ante las crisis, simplemente pensamos que el sujeto esperó demasiado.
Nuestra función no es enseñar a vivir porque también somos sujetos alienados al lenguaje, nuestra función no es hacer el bien en el sentido de la norma, lo que se debe corregir, sino muy por el contrario, es permitir mediante toda una serie de artilugios, que el sujeto encuentre un lugar interesante en el mundo y pueda hacer uso de él.

jueves, 13 de octubre de 2011

SOBRE LA FUNCIÓN PATERNA


Una de las preguntas que atraviesa la obra de Freud es “¿qué es un padre?”. Dicha pregunta nos remite no solo a los ideales sociales que recubren la noción de padre, el cómo debería ser, sino también a la función que el padre tiene en la familia. En Psicoanálisis cuando hablamos de padre necesariamente diferenciamos la función paterna de la persona que encarna esa función. Muchas veces se tiende a culpabilizar al padre o a la madre del padecimiento de sus hijos, cuando en realidad se trata de poder asumir o no una función simbólica en la dinámica familiar.
Hablar de familia nos invita a contextualizar las configuraciones actuales que adopta. A diferencia de otras épocas, la familia actual ya no representa necesariamente el modelo tradicional del padre, la madre y los hijos. Se observa un cambio no solo en los miembros que conforman la familia (la adolescencia tardía unida a las dificultades de inserción en el mercado laboral por ejemplo, llevan a que los hijos extiendan su permanencia en la casa familiar e incluso incorporen a su pareja en la convivencia) sino en cuanto a los roles que cada miembro desempeña. Es así que en épocas anteriores, la mujer se encargaba de la crianza de los hijos y el hombre salía a trabajar. La clásica imagen del padre autoritario que establece las leyes en la casa fue decayendo, la mujer fue tomando otros lugares sociales hasta el momento emparentados con lo masculino, y se estableció cierta “igualdad”.
Desde la Sociología, autores como R. Loureau plantean a la familia como una institución en donde los actores que la componen desempeñan un papel específico. Y como toda institución se encuentra atravesada por factores históricos, sociales, económicos, políticos e ideológicos característicos de una época determinada. En nuestra época, muchos autores hablan de “una declinación de la función paterna”, que se traduce en una dificultad a la hora de instaurar ciertos límites. Como en espejo, lo que se observa en algunos niños a los que se los diagnostica desde la Psiquiatría con el “Trastorno de Hiperactividad con déficit de atención (THDA)” se ve reflejado en el permanente traspaso de los límites que figuran los robos, asesinatos, violaciones que aparecen en las noticias diarias.
Para responder por la identidad del padre, Freud recurre al mito, en donde tuvieron nacimiento las dos leyes fundamentales de la cultura: ley de prohibición del incesto y parricidio. Podemos afirmar que la función del padre es poner un límite real, imaginario y simbólico en la relación del niño con su madre, el padre produce separaciones, distingue lugares dentro de la familia y de esta forma orienta al niño en relación con su propio deseo. Para ejemplificar esto, J. Lacan describe la función paterna como una “carretera principal” a partir de la cual el hijo puede orientarse simbólicamente y no perderse en el camino. Gracias a la función más o menos lograda del padre, ya que siempre es fallida, disponemos de recursos para enfrentar los acontecimientos o situaciones que van surgiendo.
Es por eso que ante un cambio importante en nuestra vida, recurrimos al padre. Y este padre por ser esencialmente un símbolo, puede encarnarse en el padre biológico, en la pareja de la madre, en la abuela, en un amigo, en un hermano, en Dios. Entonces el padre limita, ordena, orienta, protege y sostiene al sujeto.
Pero para que alguien de carne y hueso pueda cumplir la función paterna es imprescindible que la madre lo permita y autorice. Por más que el padre sea excelente, si su palabra no vale para la madre, tampoco valdrá para el hijo. Así como la madre sitúa su deseo en el padre (y no en su hijo) el padre debe desear a esa mujer. Es por eso que el padre transmite no solo la ley sino también el deseo. Esta estructura es lo que permite que, aunque el padre real esté ausente, la función se cumpla, o que una persona que no es el padre biológico pueda desempeñar su papel.
Recientemente leí la noticia de que en México los matrimonios iban a durar dos años con posibilidad de renovarlos a partir de los numerosos divorcios existentes. Frente al divorcio en el decir popular aparece la frase: “no te separes de tu mujer porque vas a dejar a tus hijos sin padre”. Cuando en realidad, los matrimonios infelices corresponden a otro momento histórico, y  la función del padre con respecto a sus hijos se sostiene del deseo que ese padre transmite. Si ese padre permanece al lado de una mujer que no desea, lo que le transmite al hijo es justamente eso, no luchar por aquello que ama.
Siempre vamos a estar en deuda con nuestros padres a menos que esa deuda pueda ser pagada con los propios hijos.