jueves, 24 de noviembre de 2011

Acerca del cambio: salir del molde




"No importa lo que la historia ha hecho con el hombre, sino lo que el hombre hace con lo que la historia ha hecho de él". Sartre

Detrás de toda consulta psicológica existe un malestar y un hastío frente al más de lo mismo.
Del psicoanálisis en particular y de la psicología en general pueden decirse muchas cosas pero básicamente una terapia es una puerta abierta al cambio.
El deseo de un cambio es lo que modula el tránsito por un análisis. Análisis de aquello que aqueja, molesta, angustia o inhibe. A mayor necesidad de cambio, mayor facilidad para sostener un proceso terapéutico. Y proponerse “hacer un análisis” es una suerte de hazaña que implica emprender un camino hacia el saber.
En muchas ocasiones el cambio inminente nos hace retroceder y preferimos “quedarnos en el molde”, aunque ya no entremos en él. Todos tenemos un molde en donde nos sentimos estables aunque no siempre felices.
Mudarse a otra ciudad, comenzar una carrera, dedicarse a lo que a uno le gusta, desechar una relación tóxica, formar una familia, representan algunas situaciones críticas en donde el hecho de tener que decidir se vuelve una exigencia ética: retrocedo o avanzo. Claro que el cambio llega si decido avanzar, a pesar de los temores, la incertidumbre e incluso el dolor que todo cambio trae aparejado. Si retrocedo no tengo acceso a lo nuevo pero conservo lo viejo, si avanzo pierdo lo viejo pero accedo a lo nuevo. Por lo tanto, la forma de relacionarnos con los cambios en general depende de nuestra capacidad para elaborar las pérdidas que los preceden.
Frente a la necesidad de cambio, suelen usarse todo tipo de artilugios para evitar la sensación de catástrofe: negación (aquí no pasó nada), pasividad frente a los hechos (es el destino), huída (no quiero pensar en eso) e inclusive distorsión de la realidad (es imposible). Generalmente lo que deseamos de manera auténtica tiene posibilidades de concretarse en la realidad, esto deseado siempre nos involucra de una forma íntegra y absoluta. Quién no escuchó el consejo de “hay que jugarse por lo que uno quiere”. Jugarselá es apostar al cambio aunque el resultado no sea el esperado, aunque en este paso se comprometa nuestro ser.
De acuerdo con esta famosa metáfora del juego, jugársela es apostar al cambio para poder pasar de una cosa conocida a otra desconocida pero mejor.
El ojo externo (siempre los hay…) percibe enseguida que necesitamos un cambio para salir de determinada situación, pero internamente debe ocurrir todo un proceso para pasar del deseo a los hechos. En principio, el sujeto debe descubrir lo que desea realmente más allá de la mirada que arroje el ojo externo. En segundo lugar, ese deseo debe encontrar sus formas de concreción. Pero pasar de la fantasía a la realidad no es tan fácil como se cree.
Navegar para el lado del propio deseo siempre demanda un cambio de posición de nuestra parte, de pasajero a capitán de la propia vida, dejar de contemplar lo que el destino hace de nosotros y convertirnos en agentes del mismo.
Ante la necesidad de cambiar respondemos con cierta renuencia, el solo hecho de imaginar nuevas modalidades nos ubica de lleno en la angustia y el desvalimiento. ¿Cómo soltar lo que me da seguridades, lo que conozco, aquello a lo que estoy acostumbrado?, ¿Cómo arriesgar lo seguro por algo incierto?. Podemos ver que el precio que pagamos por apostar a lo nuevo es equivalente al precio que pagamos por sostener lo viejo.
En economía, el “costo de oportunidad” designa el costo de la inversión de los recursos disponibles en una oportunidad económica o también el valor de la mejor opción no realizada. El concepto se refiere a aquello de lo que alguien se priva o renuncia cuando hace una elección o toma una decisión.
Esto es interesante para pensar los cambios que queremos hacer y no nos animamos a concretar. El llamado costo de oportunidad puede calcularse en virtud de lo podríamos ganar si perdemos lo que tenemos. Por lo general la pérdida del status quo es significativa pero de nada sirve tener un recurso si no podemos invertirlo y de esa forma capitalizarlo.
De nada sirve guardar nuestros deseos sin poder pasarlos a la acción, de nada sirve el saber si no podemos transmitirlo.
Esto supone considerar el cambio como algo que sirve a diferentes propósitos, aunque no haya garantías de obtener resultados exitosos. El cambio siempre sirve para crecer.
Frente a las ganas de cambiar suele aparecer el disfraz de la impotencia: “no tengo con qué”, “no tengo certeza”, “no tengo agallas”, “no puedo hacerlo”. Este disfraz nos permite conservar la comodidad de permanecer en el lugar de siempre pero nos impide el acceso a algo más placentero, sentirnos realizados y poder encontrarnos con la tranquilidad de haber hecho lo que queríamos.
El cambio es fundamentalmente una transformación que involucra satisfacciones y sufrimientos. Como toda transformación implica un riesgo, el cambio suele romper la ilusión de que tenemos una vida estable, definitiva, “ya hecha”, y esto sucede porque esa vida que vivimos es un anclaje identificatorio, y una referencia a nuestra identidad. El desarrollo y la evolución del ser humano consiste en una sucesión de cambios de distinto tenor. Cuando estos cambios logran asimilarse, pasan a formar parte de lo que somos.
Por lo tanto, las resistencias al cambio dependen del grado de elaboración de nuestros duelos. Aunque suene paradójico hay que “saber perder” para ganar.
Retomando la analogía entre psicoanálisis y economía, podemos decir que en relación a los cambios o inversiones que hacemos hay una lógica: a mayor riesgo asumido se exige un mayor rendimiento. Más valientes somos, mayores serán nuestras ganancias futuras. Todo ser humano es potencialmente valiente en tanto posee algún deseo inquebrantable en su interior.




jueves, 3 de noviembre de 2011

Pero el amor, esa palabra...

Hablar de amor resulta difícil ya que es una palabra que reúne muchos significados. Quienes nos han dado las mejores definiciones del amor son los artistas. A lo largo de las distintas épocas históricas, poetas, pintores, músicos trataron de describir el sinuoso territorio del amor.
J. Cortázar dedica al amor todo el libro de Rayuela, y plantea dos caminos posibles en la relación amorosa: “Total parcial, te quiero. Total general, te amo”.
Sabemos de la distinción entre amor sensual y amor basado solo en la ternura. También podemos establecer una diferencia entre el “querer” y el “amar”. Todo querer entraña un intento de posesión mientras que el amar se refiere a ser al lado del otro más que tenerlo. Es posible asociar el querer con la etapa de enamoramiento que caracteriza el comienzo de una relación amorosa. Este estado involucra, según Freud, una sobreestimación del objeto y una puesta en segundo plano del yo. El objeto es el ideal, no tiene defectos, es engrandecido y se lo considera perfecto. Con el paso del tiempo el enamoramiento puede transformarse en  amor propiamente dicho, en donde a los elementos imaginarios se anexan elementos simbólicos y reales. En este momento de la relación, el otro es visto con sus defectos y virtudes, y se lo elige en función de esta combinación. Tal como afirma J. Lacan, se ama en el objeto aquello que falta.
Siguiendo con las etapas del querer y el amar, querer a la pareja tiene como base el mito de la media naranja, en donde de dos se haría uno. Amar a la pareja tiene como sostén el reconocimiento del otro siendo diferente, en donde de dos es imposible hacer uno.
El componente imaginario del amor hace que lo disgregado de mí haga círculo con lo incompleto del otro. De ahí esa sensación de que el otro es complemento que llena los vacíos de mi existencia. Pero esto es solo en el registro imaginario, ya que la incompletud que caracteriza al ser humano es lo que posibilita la presencia del amor. Si no me falta nada, no necesito del otro. Es así que en la relación amorosa se trata de la superposición de dos faltas, de cierto enganche inconsciente entre dos.
El terreno del amor es habitado por el malentendido, y por un desencuentro fundamental que va más allá de la unión real entre dos personas. Nuestra pareja nunca nos da la certeza de que nos ama verdaderamente, es un decir a medias que implica la elección siempre renovada de ese hombre o esa mujer. El amor, por lo tanto, es eterno durante el tiempo que dura y es posible mientras se siente.
En las relaciones afectivas (familia, amigos, pareja) muchas veces repetimos la forma arcaica de amar que nos transmitieron nuestros padres, disponemos de una suerte de “modelo para amar” que debe ser transformado en un modelo para armar. En pintura, toda combinación auténtica reclama tomar distancia de los colores primarios.
Mientras que el enamoramiento siempre encierra cierta “locura” transitoria, el amor se sostiene de la cordura, el equilibrio y los proyectos a futuro. Es así que en el amor, se consume a alguien o se consuma un proyecto en común.
Normalmente se relaciona el amor apasionado con la adolescencia, ya que el adulto está para otras cosas…pero vemos que la pregunta que acecha en cada giro del planeta es: “¿me quiere o no me quiere?”, “Me quiere bien, es decir, me ama? O me quiere mal, es decir me usa?”. Muchas veces usamos el amor como vara para medir el bienestar: ser correspondido en la pareja, ser reconocido en el trabajo, ser valorado en la familia.
Porque entre el hombre y la mujer la cosa no anda, existe el amor. Entre el hombre y la mujer está el muro del amor, dice Lacan. El amor como un muro aspira a la totalidad.
Que no se pueda tener todo del otro no nos impide que, en el fondo, esa sea nuestra mayor aspiración.

“Todo lo que de vos quisiera es tan poco en el fondo,
Porque en el fondo es todo”. J. Cortázar. Salvo el Crepúsculo.



viernes, 28 de octubre de 2011

HACER EL DUELO

Podemos diferenciar tres posibilidades en relación a la pérdida de un objeto de amor. El duelo normal, el duelo patológico o complicado y por último, el duelo imposible. Toda neurosis desencadenada puede ser pensada como un duelo complicado y toda psicosis se asienta en un duelo imposible de realizar. Pero cuando hablamos de “hacer el duelo” normal y dejar ir al objeto amado (que puede ser una persona o un ideal) nos damos cuenta que también encierra un margen de locura. La primera reacción ante una pérdida aunque sea nimia es: “no puede ser”, “no lo puedo creer”. Y es esta negación inicial que se plantea en todo duelo la que muestra la veta loca del ser humano. Claro que una mínima dosis de locura es inevitable por tratarse de seres hablantes y sexuados, y tenemos noticia de esta condición humana gracias al amor, que también en sus inicios implica la negación de toda falla y toda diferencia con el objeto en cuestión.

¿Qué características tiene que tener el objeto perdido para reclamar un duelo?. Según Freud, este objeto debe ser importante para el yo, la relación con ese objeto tiene que estar “reforzada por miles de lazos”. Estos puntos en donde uno está enlazado al otro son afectados por el trabajo del duelo, ya que deben ser recorridos pieza por pieza, detalle por detalle, repasando lo vivido, lo escuchado, lo visto, lo sentido. Se realiza el camino inverso tratando de sacarle al objeto todas las cosas que fueron depositadas en él (desasimiento de la investidura libidinal). Este recorrido a través del recuerdo demanda un gran gasto de energía y se va realizando muy lentamente. Lo distintivo del duelo es que el sujeto debe perder no solo el objeto sino también  una parte suya.

En el duelo, la relación con el objeto es vista como desde afuera, como en una película que se padece tristemente. Contribuyen al trabajo del duelo todas las huellas que el objeto ha dejado, perfume, fotos, letra…el objeto amado deja marcas. Recién cuando el duelo finaliza podemos mirar o crear otra película, volver a apasionarnos o interesarnos por el mundo exterior.

Pero puede que surjan complicaciones en el proceso del duelo, detenido en el trayecto, el sujeto queda amarrado a los rasgos del objeto perdido que no termina de perderse. En estos casos se encuentran serias dificultades para soltar lo que debemos soltar y esto trae consecuencias que invaden la vida del que queda.  El sujeto tiene la impresión de que el tiempo no pasa, de que todos los días son iguales. Por esta razón, si la situación se prolonga en el tiempo puede desencadenar depresiones en lugar de tristeza. Los duelos complicados pueden darse en relación a etapas de la vida o ideales que tenemos. Lo perjudicial en estos casos es que el sujeto no puede avanzar, pasar a otra cosa: sea de la niñez a la adolescencia, de estudiante a egresado, de hijo a padre, o de tener una pareja a tener otra.

Otra de las posibilidades es que la realización del duelo resulte imposible. En estos casos el sujeto no llega a comenzar el trabajo del duelo y las pérdidas son vividas como agujeros reales que no pueden inscribirse. Una forma restitutiva que encontramos en las psicosis es el delirio. En este caso, es imposible anotar las pérdidas, y como no se anotan, aparecen  en forma alucinatoria. Para no ser aplastados por los objetos perdidos es necesario poder simbolizar las pérdidas con imágenes y palabras.

Tal como plantea J. Derrida, ante la pérdida del objeto tenemos dos caminos: la infidelidad o la locura. Podemos recordar al objeto y ser infieles por dejarlo ir o podemos alucinarlo y conservar la fidelidad.

Respecto a las psicosis, J. Lacan llega a decir que lo que limita la libertad del hombre es la locura. Es así que cuando la fidelidad  a lo perdido nos encierra,  la infidelidad nos libera.

En muchos casos el enlutado emprende el camino de la locura, se marcha con el objeto perdido teniendo la ilusión de reencontrarlo. Siendo fiel hasta la muerte ya no hay esclavitud ni dolor, pero tampoco hay libertad. Reconocernos como mortales hace que las pérdidas puedan ser vividas de otra manera, aceptar que somos seres finitos nos permite disfrutar de infinitos placeres, tolerar la ausencia nos hace atesorar la presencia y enriquecernos con ella. Si fuéramos eternos, ¿cómo podríamos ser libres de amar tan intensamente?.

Fantasmas
http://psicologapaulalucero.blogspot.com.ar/2012/01/fantasmas.html

martes, 25 de octubre de 2011

El Psicólogo en nuestra época

El psicólogo a lo largo de los años fue relativamente aceptado como profesional capaz de resolver conflictos, asesorar u orientar en ciertas temáticas. Mayormente se lo asocia a los problemas y a la locura. A pesar de que su función en la sociedad actual es más que necesaria, la idea de empezar y sostener una terapia no deja de resultar amenazante para muchas personas.
El imaginario de muchos es habitado por frases del tipo: ¿Por que tengo que ir yo al psicólogo?, ¿me va a poder ayudar solo con palabras?, ¿le tengo que pagar solo para que me escuche?, ¿voy a ir al psicólogo para que me diga las cosas que hice mal o me de consejos?, a los problemas los tiene que solucionar uno solo, yo no tengo ningún problema, etc.
Más que con problemas, el Psicoanálisis trabaja con lo que no anda, con el malestar del sujeto en el campo del lenguaje, y este malestar puede ir de desde una necesidad de ser escuchado hasta la locura propiamente dicha. Hay que dividir las aguas porque cuando hablamos de malestar no necesariamente hablamos de locura; y porque lo que consideramos inicialmente como un problema puede transformarse en solución.
Aunque los psicólogos guardamos en nuestro interior el deseo de ser reconocidos como profesionales que saben lo que hacen, en el mismo sentido en que se reconoce a un médico por ejemplo o a un ingeniero, la Psicología no es una ciencia al modo de la ciencia moderna, en donde dos más dos es cuatro. En Psicología y más aún en Psicoanálisis, dos más dos puede ser cinco.
El malestar es inherente al ser humano, pero a veces ese malestar adquiere un papel protagónico que nos lleva a realizar una consulta o comenzar un tratamiento. La mayoría de las personas ante un sufrimiento psíquico-emocional acude a nuestros  potenciales aliados en el campo de la salud: los médicos. Por suerte la medicina fue incorporando a la Psicología como un recurso a utilizar desde el punto de vista interdisciplinario, lo cual implica cierta revolución epistemológica con respecto a otros momentos históricos.
Como decía, en algunos casos primero se pasa por el médico como modelo de saber. Pero el médico reconoce este otro saber que encierra la Psicología y le propone al paciente que haga uso de ella. Este acto médico es loable ya que puede ser leído por el paciente como una falta de saber de su parte, la imagen del médico se mueve ante los ojos del paciente. Pero por más paradójico que parezca, el límite es lo que posibilita toda ética: conocer los propios límites profesionaliza.
La misma ley afecta al psicólogo que debe conocer donde empiezan y terminan sus posibilidades de intervenir. El psicólogo suele ser  tildado de estafador por robar la plata de la gente, pero esto se revierte cuando uno pasa por la experiencia de un análisis. E incluso al final de esta experiencia algunos pacientes terminan sintiéndose en deuda.
Entonces al principio hay una gran desconfianza, y cierta renuencia a pagar por algo que no es un objeto de consumo. Después se genera una especie de dependencia del sujeto al espacio analítico, llueva, truene, caigan piedras… el sujeto se hace presente en las sesiones, para finalmente salir del consultorio siendo otro, un otro más auténtico, un otro con menos malestar. Claro que esta experiencia no sirve a todo el mundo. Puede que a otras personas les resulte otro tipo de espacio (yoga,  astrología, shiatsu, tarotismo, acupuntura, autoayuda, deportes, religión) o tal vez pueda resolver lo que lo aqueja por medio de la sublimación.
El psicólogo no puede prometer la felicidad absoluta porque simplemente no está en los planes de la creación, decía Freud. Toda promesa de felicidad debe ser evaluada críticamente porque es probable que se trate de una estafa.
Por lo tanto, el psicólogo o la psicóloga que habla con voz calma, viste bellamente, lee tantos libros y posee tan buenos modales no da consejos. Su función no es enseñar a vivir sino despejar el camino para que el sujeto elija cómo vivir asumiendo la responsabilidad de sus elecciones. Diría Lacan, pagando el precio. Todo tiene un precio. Y cómo cuesta poder sostener una terapia… siendo el síntoma lo más extraño y a la vez lo más propio de cada uno. Uno no abandona el síntoma y la comodidad fácilmente. Por lo general, es cuando el sujeto está al borde del abismo que el psicólogo adquiere un rol preponderante y a él se une el psiquiatra. Los psicólogos no nos asustamos ante las crisis, simplemente pensamos que el sujeto esperó demasiado.
Nuestra función no es enseñar a vivir porque también somos sujetos alienados al lenguaje, nuestra función no es hacer el bien en el sentido de la norma, lo que se debe corregir, sino muy por el contrario, es permitir mediante toda una serie de artilugios, que el sujeto encuentre un lugar interesante en el mundo y pueda hacer uso de él.

jueves, 13 de octubre de 2011

SOBRE LA FUNCIÓN PATERNA


Una de las preguntas que atraviesa la obra de Freud es “¿qué es un padre?”. Dicha pregunta nos remite no solo a los ideales sociales que recubren la noción de padre, el cómo debería ser, sino también a la función que el padre tiene en la familia. En Psicoanálisis cuando hablamos de padre necesariamente diferenciamos la función paterna de la persona que encarna esa función. Muchas veces se tiende a culpabilizar al padre o a la madre del padecimiento de sus hijos, cuando en realidad se trata de poder asumir o no una función simbólica en la dinámica familiar.
Hablar de familia nos invita a contextualizar las configuraciones actuales que adopta. A diferencia de otras épocas, la familia actual ya no representa necesariamente el modelo tradicional del padre, la madre y los hijos. Se observa un cambio no solo en los miembros que conforman la familia (la adolescencia tardía unida a las dificultades de inserción en el mercado laboral por ejemplo, llevan a que los hijos extiendan su permanencia en la casa familiar e incluso incorporen a su pareja en la convivencia) sino en cuanto a los roles que cada miembro desempeña. Es así que en épocas anteriores, la mujer se encargaba de la crianza de los hijos y el hombre salía a trabajar. La clásica imagen del padre autoritario que establece las leyes en la casa fue decayendo, la mujer fue tomando otros lugares sociales hasta el momento emparentados con lo masculino, y se estableció cierta “igualdad”.
Desde la Sociología, autores como R. Loureau plantean a la familia como una institución en donde los actores que la componen desempeñan un papel específico. Y como toda institución se encuentra atravesada por factores históricos, sociales, económicos, políticos e ideológicos característicos de una época determinada. En nuestra época, muchos autores hablan de “una declinación de la función paterna”, que se traduce en una dificultad a la hora de instaurar ciertos límites. Como en espejo, lo que se observa en algunos niños a los que se los diagnostica desde la Psiquiatría con el “Trastorno de Hiperactividad con déficit de atención (THDA)” se ve reflejado en el permanente traspaso de los límites que figuran los robos, asesinatos, violaciones que aparecen en las noticias diarias.
Para responder por la identidad del padre, Freud recurre al mito, en donde tuvieron nacimiento las dos leyes fundamentales de la cultura: ley de prohibición del incesto y parricidio. Podemos afirmar que la función del padre es poner un límite real, imaginario y simbólico en la relación del niño con su madre, el padre produce separaciones, distingue lugares dentro de la familia y de esta forma orienta al niño en relación con su propio deseo. Para ejemplificar esto, J. Lacan describe la función paterna como una “carretera principal” a partir de la cual el hijo puede orientarse simbólicamente y no perderse en el camino. Gracias a la función más o menos lograda del padre, ya que siempre es fallida, disponemos de recursos para enfrentar los acontecimientos o situaciones que van surgiendo.
Es por eso que ante un cambio importante en nuestra vida, recurrimos al padre. Y este padre por ser esencialmente un símbolo, puede encarnarse en el padre biológico, en la pareja de la madre, en la abuela, en un amigo, en un hermano, en Dios. Entonces el padre limita, ordena, orienta, protege y sostiene al sujeto.
Pero para que alguien de carne y hueso pueda cumplir la función paterna es imprescindible que la madre lo permita y autorice. Por más que el padre sea excelente, si su palabra no vale para la madre, tampoco valdrá para el hijo. Así como la madre sitúa su deseo en el padre (y no en su hijo) el padre debe desear a esa mujer. Es por eso que el padre transmite no solo la ley sino también el deseo. Esta estructura es lo que permite que, aunque el padre real esté ausente, la función se cumpla, o que una persona que no es el padre biológico pueda desempeñar su papel.
Recientemente leí la noticia de que en México los matrimonios iban a durar dos años con posibilidad de renovarlos a partir de los numerosos divorcios existentes. Frente al divorcio en el decir popular aparece la frase: “no te separes de tu mujer porque vas a dejar a tus hijos sin padre”. Cuando en realidad, los matrimonios infelices corresponden a otro momento histórico, y  la función del padre con respecto a sus hijos se sostiene del deseo que ese padre transmite. Si ese padre permanece al lado de una mujer que no desea, lo que le transmite al hijo es justamente eso, no luchar por aquello que ama.
Siempre vamos a estar en deuda con nuestros padres a menos que esa deuda pueda ser pagada con los propios hijos.


lunes, 26 de septiembre de 2011

Las Crisis vitales

Hay momentos en la vida que podemos definir como críticos, y son esos momentos en donde se está por producir un pasaje de un estado a otro, o incluso de un nombre a otro: de niño a adolescente, de la adolescencia a la adultez, de ser hijo a ser padre, de soltero a casado, de estudiante a profesional, de empleado a supervisor, de empleado a desempleado, de casado a viudo o divorciado. Claro que hay momentos que pueden comprometer al sujeto en mayor o menor medida.
La definición de la palabra crisis según el diccionario de la Real Academia Española es la de una mutación que acontece durante una enfermedad para mejorar o agravar el estado del paciente. Este significado también puede aplicarse a momentos de inestabilidad individual o social. La crisis siempre involucra un cierto grado de incertidumbre, tal como lo revela la etimología griega de la palabra, que alude a “separación”, “decisión” y “rompimiento”. Decir que una persona o país se encuentra en crisis es decir que el estado de cosas ha cambiado bruscamente y reclama una nueva toma de posición para que la situación se modifique.
El enfrentar una crisis siempre trae como resultado un cambio radical que puede ser real o más bien simbólico.
Tal como sucede en el caso de las enfermedades orgánicas, una crisis puede tener dos desenlaces. Al respecto es interesante remitirse al significado de la palabra crisis en el idioma chino. Crisis (危机, weiji), se compone de dos ideogramas: Wēi () que se traduce como “peligro” y   (simplificado: , tradicional: ) que se puede traducir como “chance” u “oportunidad”.
Es así que ante toda crisis sentimos angustia, como anticipación de un peligro inminente que amenaza las cosas que tenemos, sean buenas o no tan buenas, lo que se pone en riesgo es una situación conocida; la crisis indica que dicha situación fue o debe ser abandonada. Otro factor muy importante que interviene es el tiempo, el estado crítico suele agravarse cada vez que pretendemos retrasar o adelantar el tiempo, ya que la crisis se resuelve cuando podemos servirnos o apropiarnos del tiempo presente. El tiempo que nos tome resolver las crisis es singular y depende de los recursos que disponemos para alcanzar esa resolución.
Tarde o temprano se termina por descubrir que, ante una transformación inminente, la única salida es el acto. Los problemas empiezan cuando no asumimos el propio acto, y solo nos dedicamos a ocultar ese tiempo decisivo mediante una serie interminable de acciones. Estas acciones mayormente impulsivas arman una secuencia que se sostiene de la evitación, de la ilusión y a veces del sufrimiento.
Cuando algo desagradable empaña el equilibrio de una vida, la primera reacción es esperar que la solución caiga del cielo. La espera está emparentada con la fantasía, una presentación imaginaria  que muestra otro contexto, otro estado, o a nosotros mismos siendo otros, generalmente con todas las necesidades satisfechas y los deseos colmados. Las fantasías encierran una trampa: uno no quiere salir de ellas, el fantasear diurno es un hábito que por más agradable que parezca implica en menor o mayor medida un distanciamiento de la realidad material. Pero la consecuencia más preocupante de quedarse “en espera” es que al delegar nuestra responsabilidad a otros (sean ficticios o reales, personas u acontecimientos) padecemos el primer significado de la palabra crisis, como dificultad, peligro, sin poder apropiarnos de la otra connotación de la crisis como ocasión, suerte y oportunidad.
Si concebimos la crisis como una oportunidad para encontrarse con lo que verdaderamente se quiere, frases como “por que a mi”, “que alguien me solucione esto”, “no puede ser” caen por su propio peso.
Por lo tanto, cuando uno fantasea, lo hace en forma solitaria, alimentando el narcisismo pero dificultando la posibilidad de encontrar satisfacciones menos idílicas pero más realistas. Muchas veces por detenernos en grandes ideales perdemos oportunidades de crecimiento, bienestar, progreso o conocimiento. El camino de la creencia ciega en los ideales puede llevarnos a perder de vista nuestro propio cuerpo, que como muchas otras cosas de la vida, nunca va a coincidir plenamente con el ideal que se persigue o que se muestra masivamente en los medios de comunicación. Una mayor cercanía al ideal, exige mayores sacrificios. Creyendo que nos acercamos a la perfección sacrificamos cosas que no son para perder, como el  peso, los rasgos faciales que nos singularizan, los lazos con otros, la salud inclusive. Pero lo más significativo es que todo intento de cópula con el ideal involucra en decaimiento del propio deseo.
El Otro del que tanto habla el psicoanálisis, ese Otro puede tener nuestra vida en sus manos, no es necesariamente una persona de carne y hueso, puede ser un mensaje publicitario, el dictamen de una moda, una frase que fue incorporada (e inclusive mal interpretada) en la infancia y persiste como un “deber ser” actual.
Es por eso que el dolor, el descontento que trae aparejado la crisis suele estar relacionado con un alejamiento del ideal o de los planes que teníamos y no pudieron ser de esa forma. “Las cosas deberían haber sido de otra manera”, “tendría que haber hecho tal cosa”, “si no hubiera hecho eso ahora estaría bien”, etc.
Tal es así que un sujeto puede llegar a formular “yo no debería haber nacido”, y en realidad cuando la crisis se desencadena, ya no se trata de decidir si se quiere o no se quiere vivir, sino que se trata de elegir cómo se quiere vivir.

domingo, 25 de septiembre de 2011

El laberinto de la repetición

Lo que define a cualquier tipo de laberinto
 es la existencia de una salida.
En 1920, S. Freud realizó  modificaciones  teóricas motivado por  ciertas modalidades paradójicas de satisfacción que presentaban sus pacientes. Estas formas de satisfacción no tenían que ver con el placer, sino que los sujetos gozaban de lo displacentero sin saberlo.
Freud encuadró estas formas de placer mortífero en lo que llamó “más allá del principio del placer”. En este terreno podemos situar los sueños traumáticos, las adicciones, las reacciones terapéuticas negativas (el autosaboteo) y las neurosis de destino. En todos estos casos, el sujeto repite algo que es desagradable de manera inconsciente al modo de una compulsión. Comúnmente se suele hablar de “círculos viciosos”.
Lo que  podemos observar en muchas personas es la neurosis de destino, en donde básicamente repetimos la misma conducta o forma de relacionarnos sin saber que participamos en ello. En estos casos solemos culpar al destino, a Dios, argumentando que nunca se tuvo suerte en el amor, en el trabajo, con los amigos o con los estudios. “Todos mis novios fueron celosos”, “todos mis amigos se han ido”, “me fue mal en todos los trabajos que tuve”, “todos los hombres que conocí fueron violentos”, etc.
Es así que sin llegar a ser patológico, basta con arrojar una mirada retrospectiva a nuestra historia para poder detectar que en todas nuestras relaciones amorosas, por ejemplo, hemos elegido o actuado de una misma forma. La forma en que nos comportamos tiene sus raíces en nuestra más tierna infancia, de acuerdo a los modelos que hemos incorporado y a las marcas que los personajes importantes de nuestra historia han dejado.
Podemos ser desafortunados en muchos aspectos y momentos de nuestra vida, pero también poseemos la fortuna de poder cambiar la forma en que nos relacionamos, los modelos a los que nos remitimos, e incluso el cristal con el que miramos la realidad.
Para que se produzca un cambio de vía/vida hay que tomar decisiones, lo cual implica no dejar nuestro devenir en manos del destino. Ya que el destino es un armado singular que solo puede inferirse cuando uno mira hacia atrás y recorre su historia.
Sin embargo, tomar decisiones no es tarea simple. Muchas veces una decisión implica dar un salto, apostar y desatarse de cosas, situaciones o personas a las que uno está enlazado y acostumbrado. Aquí es donde suelen surgir inhibiciones y dificultades, ya que toda decisión deja como resultado una pérdida. Pero salir de la rueda del destino prefijado en donde nos desplazamos automáticamente, tiene una de las mayores ventajas: encontrarse con algo mejor. Cómo podríamos definir lo que es mejor?, es mejor todo aquello que esa persona en particular pueda construir, crear, diseñar de manera autónoma para contribuir a su bienestar.
Nada duele más que ser víctima del destino teniendo la posibilidad de ser un artesano de nuestra propia vida, aunque ello acarree desaciertos, angustia e incertidumbre. El mayor sufrimiento por lo general tiene que ver con quedar detenido mientras las cosas pasan.
En estos casos en donde una suerte de “patrón” se repite y hace pensar que tenemos un destino predeterminado que mortifica, se forma un laberinto cuya salida se encuentra en tres tiempos: primero hay que recordar para no seguir repitiendo, luego hay que elaborar aquello que se repetía y finalmente hay que poder actuar de manera diferente.
Y por supuesto que para poder actuar conforme a nuestro deseo, tenemos que estar presentes en el tiempo y el lugar en donde somos convocados.

sábado, 24 de septiembre de 2011

El Psicoanálisis frente a las Toxicomanías


“La vida como nos es impuesta, resulta gravosa:
nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles.
Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes”.
S. Freud
Para Freud, los “quitapenas” tienen tanta eficacia con respecto al sufrimiento que a lo largo de la historia se les ha asignado un lugar fijo en la economía libidinal. Pero como el sufrimiento hace a la estructura del ser humano, esta eficacia nunca es definitiva.
Tal como afirma E. Galende, el psicoanálisis tiene una política que se caracteriza por interrogar lo establecido, rescatando la singularidad y evitando la fijación a un modelo. No se propone hacer el bien corrigiendo lo desviado, sino que busca la emergencia del decir del sujeto, para que éste pueda acceder a la verdad que lo determina.
Freud decía que las palabras tienen un poder ensalmador, producen efectos en quien las pronuncia y en quien las escucha. El poder está en la palabra y no en el analista. Este artificio que es el psicoanálisis, instrumentaliza la palabra para que algo pueda ser dicho por el sujeto.
Lacan en “Psicoanálisis y medicina” sitúa el discurso psicoanalítico en un lugar problemático. Las especificidades del psicoanálisis hacen que éste ocupe un lugar marginal, de intersticio en relación a otros discursos. Como la medicina, el psicoanálisis se encarga de lo que no anda, la diferencia reside en el tipo de sujeto con el que se trata, en la concepción de salud mental de la que se parte y en el criterio de prevención que se sostiene como posible.
Dentro de las problemáticas actuales, la drogadicción se presenta como objeto de múltiples discursos, objeto de distintas políticas en salud mental. Algunas de estas políticas se contradicen a si mismas: en vez de librar al sujeto que padece, lo terminan de sujetar al padecimiento.
El modelo médico de raíz positivista busca normalizar lo perturbado, con el objetivo de poner fin a toda desviación que repercuta en el individuo y en la sociedad. Dicha pretensión educadora parte de una concepción de sujeto pasivo que debe adecuarse a la realidad, y si es posible, ser útil. Este punto de vista destituye al sujeto como actor de su propia historia, obturando las posibilidades y recursos de los que puede disponer.
La misma sociedad en la que vivimos promociona el paraíso de la solución rápida e inmediata para cualquier problema, solución que se mantiene siempre en un nivel superficial. Pero Freud lo decía desde el comienzo, el psicoanálisis es una psicología de las profundidades.
Si según R. Tostain ser adicto significa ser esclavo por deudas habrá que buscar la forma para que el sujeto pueda pagar, y que ese pago se efectúe de acuerdo con la palabra y no con la carne. Si lo que está intoxicado allí es la palabra, habrá que posibilitar que lo indecible tome la forma del lenguaje.
El abordaje psicoanalítico de las toxicomanías implica salir de la inmediatez, del presente perpetuo y de la búsqueda de una satisfacción sin medida para aceptar los cortes, las escansiones que hacen que lo que sucede no sea siempre igual. Es así que en el tratamiento se apuntará a que la historia del sujeto haga letra y no destino.

Cuándo debo acudir a una consulta psicológica?

El comienzo de un análisis implica
siempre una pregunta por las causas.
En nuestra sociedad los tiempos son cada vez más  vertiginosos, llevamos un ritmo de vida que nos genera múltiples situaciones de tensión, estrés, angustia y ansiedad: conflictos familiares, laborales, sociales. Todo esto facilita la aparición de malestar, preocupación, desorientación, problemas de relación.
Muchas veces creemos que el tiempo repara, como por arte de magia, los conflictos. Todo lo contrario. El tiempo, el negar o tapar los problemas, el no hablarlos, hace que estos crezcan y se agraven.
Otro error muy común es interpretar que con voluntad todo se arregla. Si bien es cierto que el esfuerzo para lograr resultados en la vida es fundamental, no todo se resuelve con puro voluntarismo.
Solicitar ayuda a un profesional ya no es tabú. Los Psicólogos están en condiciones de brindar ayuda ante un abanico enorme de dificultades y conflictos que tienen lugar en nuestra época.
Cuando un problema pasa a ocupar toda la escena de la vida de una persona, le quita energía, compromete el desempeño laboral, familiar, sexual, relacional, etc. Cuando se siente malestar anímico, ansiedad o angustia, decaimiento, sentimiento de fracaso y es persistente, es recomendable realizar una consulta psicológica.
Los conflictos son inherentes al ser humano, y a veces se necesita de un otro para encontrar la solución correcta y oportuna.
Una sintomatología muy clara puede motivar la consulta a un psicólogo, pero también aparecen momentos en la vida que podemos definir como “encrucijadas”, momentos de crisis en donde el camino a seguir ya no es claro, momentos en donde surgen inhibiciones o estancamientos que no nos permiten seguir avanzando.
En este sentido, el psicólogo puede ser de utilidad a la hora de arrojar luces en el camino ,posibilitando el encuentro del sujeto con su propio deseo.