martes, 17 de octubre de 2017

Carta a Marisa

Querida Marisa:
No tengo ganas de nada porque tenia ganas de todo.
Basto un solo encuentro para que pudiera imaginarme  la vida con vos.
Pero el paisaje se fue poniendo cada vez mas turbio y rugoso.
Ya no sabia donde estaba, con quien estaba, quien era yo estando allí.
Sabía que pasaba algo que no se dijo o no se hizo, pero jamás imagine que eso ponía en riesgo el piso mismo de lo que estábamos queriendo construir.
 Otra vez me encuentro esperando una magia que no se produce.
La magia la hace uno mismo, sin dudas.
¿Todas las chicas son así? Busco alguien que esté en condiciones de amarme, alguien que tenga la misma valentía.
Alguien que pueda hacer cosas y pensarlas junto a mi.
Alguien que sueñe con las mismas cosas, los mismos paisajes.
Alguien que no tenga cuentas pendientes con el pasado, ni con el presente.
Alguien que me quiera por lo que soy, aunque sepa de mis imperfecciones.
Alguien que quiera verme sin poner ninguna excusa, ningún obstáculo.
Alguien que necesite satisfacer la necesidad de conocimiento, sensación y similitud.
Alguien que no me haga dudar de mi propio amor, alguien que soporte la forma de expresarme, y mi forma de vida, mi trabajo, mis estados de ánimo.
Alguien que pueda conectar conmigo en tanto ser, si es que soy algo, soy movimiento constante.
Alguien que este dispuesta a recibir una compañía decidida y estable, un tiempo acelerado y firme, alguien que quiera proyectarse.
Y claro que me gustaría que en este mismo momento algo pasara, algo como una coincidencia, una prueba de amor, que te aparezcas así, con lo puesto.
Pero no sos amiga de las sorpresas, demasiado estructurada, demasiado predecible. Demasiado moralista, demasiado insegura.
O al menos que preguntes, si te necesito, si quiero verte, si te extraño, si podes venir, no lo se. Pero tu cabeza no da vueltas como la mia. Vos no rotas en tu cama por las noches, dormis plácidamente. Y tal vez estés pensando en ese tipo que te dejó hace tanto tiempo ya.
Y que hacer mas que llorar un poco y dejarte ir, como la lluvia cuando va parando y deja todo mojado.
Como la última nota antes de que termine una hermosa canción.
Como el último trazo de un dibujo, o el punto final de un trabajo escrito.
Ninguna metáfora sirve ya para aliviar o distorsionar esto: Marisa, me cansé de tus idas y venidas.
La poesía ya no encaja con nosotros, la melodía menos.
Solo queda un silencio idiota y real, que es lo único que se puede hacer.




Un nuevo amor

No quería caer de nuevo en este tipo de situaciones incómodas en donde me olvido de todo solo para pensar en mi nuevo amor.
Sobre todo porque tengo cosas que hacer, cosas que parecen ser millones, interminables… cuando solo quiero escuchar música y sentir.
Sentir no se qué clase de conexión anómala, inédita y como mínimo, preocupante. Solo espero verlo y saber que es real. ¿Cuanto tiempo necesito para descubrirlo? ¿y para saber que esto es real?.
Justo cuando no creo que sea cierto, cuando pienso que es mi cabeza la que arma historias de amor de películas con finales perfectos, el aparece.
Pero así como se presenta, tan seguro y confiado, así se va.
El tiene su vida…y yo también, pero algo pasa cuando siento que se va. Algo como querer que nuestras vidas se crucen y se entrelacen hasta un punto en donde la duda ya no pueda cortar los hilos.
Y me pregunto si eso es lo que quiero, comprometerme así… con qué necesidad alguien querría conectar la vida propia con una ajena, otra vida que resultaría extraña.
Sería anormal si no sintiera este odio por haber caído, otra vez, en la trampa del amor. Otra vez me encuentro a mi misma mirándolo como tonta. Y sé que soy tonta en todo momento, no solo cuando está conmigo sino cuando él se va. Cuando yo me voy siento paz, porque necesito procesar todo eso, eso que no se lo que es. Odio sentir demás, y utilizar palabras o frases inútiles como por ejemplo: “el me abraza como si yo fuera suya”.
Respeto el hecho de que me salga decirlo así, pero eso no quita que sea realmente imbécil usar esas palabras. Me suena cursi, trillado y tonto. Además encierra un sentido de posesión bastante ridículo.
El amor es una verdadera tontería, tal vez sea la única tontería verdadera, porque cuando se vuelve serio  no deja de generar cambios por todas partes.
Después de todo, ¿para qué la gente se pone en pareja? ¿Con que necesidad se junta?.
Mi modelo ideal sería la soledad, situación en donde uno está a salvo de todo sufrimiento derivado del amor. Uno no arriesga, no gana, no pierde, solo convive con lo que tiene, sin perder nada más que su propio tiempo.
Pero ahora lejos estoy de esa situación soñada de autosuficiencia y libertad, ahora pienso en alguien, y pienso en él de una manera rara, como si formara parte de mi.

Por supuesto, hay varios motivos para pensar que es un delirio: poco tiempo, poco conocimiento, poco de todo menos de sensación. Eso sí que es raro, considerando que estoy hecha de hielo. O tal vez no es que sea de hielo, tal vez simplemente soy una persona reservada. Tal vez mi nivel de sensación tiene que ser suficientemente alto como para querer renunciar a mi adorada soledad. Tal vez no tenga que preocuparme tanto, tal vez solo tenga que disfrutar de este nuevo amor.

Deseo de saber

Deseo de saber
S. Freud estableció la relación de transferencia como una de las bases del psicoanálisis. El analista orienta su escucha en función de la atención flotante, el paciente recibe la propuesta de asociar libremente, pero no le será sencillo dejarse tomar por esta regla fundamental.
El psicoanálisis parte del supuesto de que la palabra tiene consecuencias, y de que por este motivo, es posible cambiar de discurso. La entrada en un análisis implica ya un cambio de discurso que J. Lacan asoció con una “histerización”, en esta circunstancia, el sujeto queda vinculado al saber inconsciente, es motivado por un deseo de saber.
¿Saber acerca de qué?, al principio puede que el sujeto haya consultado con un psicólogo para aliviar su malestar, cosa distinta es cuando el sujeto es orientado por un deseo de saber. Saber acerca de lo que le pasa, saber porque le pasa, saber que es lo que necesita para estar mejor. Por lo tanto, en las entrevistas preliminares podrá recortarse una demanda de solución del síntoma, que luego podrá o no transformarse en una demanda de análisis.
En este pasaje, de las entrevistas al análisis, el analista sostiene la demanda de solución sintomática que trae el sujeto pero sin satisfacerla. Si bien el análisis estará orientado a la cura, su eje no será la cura del síntoma concreto sino un cambio de posición del sujeto en relación a su propio saber inconsciente. Es este cambio, el que provoca la caída del síntoma como un fenómeno indirecto.
hecho de que un análisis apunte a producir un cambio en la posición misma del sujeto, es decir, un cambio en relación a la historia de aquellas significaciones que lo han comandado, implica la caída más o menos estable de los síntomas, como efecto correlativo de un cambio de sentido.
De este modo, “-la transferencia no es la puesta en acto de una ilusión que, según se supone, nos lleva a esa identificación alienante que es la de cualquier conformización, así fuera a un modelo ideal, modelo al que en ningún caso, además, puede servir de soporte el analista-, la transferencia es la puesta en acto de la realidad del inconsciente” (Lacan, 2011, p. 152).
La realidad del inconsciente es una realidad sexual, insistente y repetitiva. Si nos remitimos al seminario La Angustia, la transferencia es la puesta en acto de la forma singular en que el sujeto ha organizado su erótica. Esta consideración conduce a la relación tan particular y problemática del sujeto con el objeto  causa de deseo.
En otros términos, en un análisis el sujeto volverá a formular su pregunta por el lugar que ocupa en el deseo del Otro, pregunta esencial en lo que respecta a la existencia misma del sujeto en el discurso.
En este marco, la ética del psicoanálisis es una ética del deseo que concibe el bienestar del sujeto como una construcción a medida, producto de un trabajo singular. En este sentido es que un análisis no va a estar orientado por criterios adaptativos ni moralistas del bienestar, sino por las coordenadas singulares de cada sujeto. La ética del psicoanálisis contempla la posibilidad de que el sujeto acceda a un mayor bienestar, sería algo necio creer que el psicoanálisis no busca aliviar el sufrimiento humano.
El punto diferencial con otros abordajes del sufrimiento reside en que tal bienestar está lejos de la completud y la universalización: el bienestar del sujeto estará marcado por la aceptación de la realidad del inconsciente. Aquí surge una cuestión que Lacan formula en distintos términos, por un lado, va a situar la indeterminación del sujeto y por otro lado, la no-relación sexual como la verdad del inconsciente.
De este modo, lo que realmente “alivia” es poder reconocer que la existencia es algo indeterminado y que no hay complementariedad sexual. Es por esta razón que el bienestar del sujeto deviene producto de un trabajo en relación a este reconocimiento, se trata del trabajo de soportar tal realidad para poder “arreglárselas” con ella.
Otro elemento que Lacan destaca, se refiere al núcleo de la transferencia. Tal núcleo reside en el vínculo que se establece entre el deseo del sujeto y el deseo del analista: “La transferencia es un fenómeno que incluye juntos al sujeto y al analista (…) La transferencia es un fenómeno esencial ligado al deseo como fenómeno nodal del ser humano” (Lacan, 2011, p.239). El deseo del analista será un deseo vaciado de consistencia, es decir, será un deseo de que el sujeto se encuentre con su deseo. Lacan lo formula de esta manera: “Allí es donde está citado el analista. En la medida en que se supone que el analista sabe, se supone que irá al encuentro del deseo inconsciente (…) el deseo es el eje, el pivote, el mango, el martillo, gracias al cual se aplica el elemento-fuerza, la inercia, que hay tras lo que se formula primero, en el discurso del paciente, como demanda, o sea, la transferencia. El eje, el punto común de esta hacha de doble filo es el deseo del analista, que designo aquí como una función esencial” (Ibid, p. 243).

La llamada transferencia es un medio para alcanzar un saber que de otro modo resultaría inaccesible. Es el acceso a este saber lo que permite a cada quien construir, modificar y reformular su relación con la realidad.

Referencias Bibliográficas:
-Lacan J. (2011) El Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidos.
-Lacan J (1973-1974) El Seminario XXI: Los no incautos yerran o los nombres del padre. Inédito. Traducción: Irene M. Agoff de Ramos.
-Lacan J. (2006) El Seminario X: La angustia. Buenos Aires. Paidos.

martes, 27 de diciembre de 2016

¿Tiempos festivos?



Apenas comienza el mes de diciembre, un aire festivo circula por la calle, la televisión y las redes sociales. Las vidrieras se pintan de colores navideños y en la decoración predominan las campanas, los regalos y las diferentes figuras de Papá Noel.
Hay que admitir que las mejores propagandas de navidad fueron hechas por The Coca Cola Company, en la medida de que contagian esas ganas de disfrutar y querer hacer cosas divertidas.


Pero las fiestas no son tan divertidas para algunas personas, suele ser inevitable caer en cierta nostalgia al momento de brindar o de hacer balances sobre el tiempo trascurrido.
Cada año que pasa hay personas que ya no están en la familia, pero también hay personas nuevas, que entran en la vida para darle color y fuerza.
Ser objetivos, y pensar que el 24 de diciembre es un día más, es muy difícil considerando la complejidad de la mente humana. Los tiempos subjetivos no son los tiempos del almanaque sino que son tiempos llenos de afecto e historias singulares.
Lo que cuenta, no es el transcurso de los días o las horas, sino la forma en que los momentos fueron vividos, sentidos y registrados por cada uno.
Por otro lado, los momentos importantes casi siempre involucran a otros, sea como testigo, compañero o co-protagonista de la situación.
Aunque ya es sabido que no hace falta un banquete de comida y bebida, en navidad y año nuevo queremos innovar y estar reunidos en un permitido exceso. Pero a pesar del exceso y la alegría que hace al contexto navideño, hay personas que se entristecen por que las reuniones ya no son las mismas, porque la familia va cambiando a lo largo de los años, porque los niños crecen, porque algunos seres queridos se van, porque se van formando nuevas familias.
La nostalgia es un último intento desesperado por recuperar lo perdido, pero al precio de olvidar lo ganado en el presente. Lo cierto es que ningún tiempo puede ser realmente festivo a menos que se permita el ingreso de las cosas nuevas, diferentes, pero no por eso menos interesantes y agradables que las cosas viejas.
El escenario festivo de fin de año genera toda una serie de ilusiones no tan agradables, ilusiones que se acompañan de una marcada invitación al consumismo y las compras compulsivas. Claro que uno está en condiciones de elegir que va a comprar y cuanto puede gastar, pero más allá del dinero lo que se genera es la sensación de pasividad e incluso de obligación: hay que reunirse, hay que comprar, hay que disfrutar. ¿Cómo es que disfrutar se vuelve un deber?, tal vez sea un lema de nuestra época “sé feliz”, “come sano”, “progresa”, etc.
Lo que resulta importante es tener en cuenta que la angustia en épocas festivas no siempre se relaciona con momentos del pasado que no pueden reproducirse, sino con ideales desmedidos de felicidad.
Hay momentos simples que pueden transformarse en una verdadera fiesta, siempre y cuando cada uno sepa que tiene que poner algo de sí para inventar el momento, y disfrutar del  tiempo a su manera.

jueves, 11 de agosto de 2016

La potencia del acto

¿Qué es un acto?.
Las acepciones de la palabra acto remiten a la acción, a una celebración pública y solemne. En filosofía un acto es “lo real, lo que es determinación o perfección de la potencia” (Diccionario de la Real Academia Española). Acciones hay muchas, y generalmente no tienen mayor pertinencia, pero los actos que una persona gestiona durante su vida se pueden contar.
El acto como perfección de la potencia es un momento gestionado por un sujeto activo, que marca una antes y un después en la vida. Aquel que comete su acto no solo es activo, también está sumamente despierto y decidido a realizar su apuesta.
Por más que el ser humano busque certezas y se las ingenie para evitar el azar lo máximo posible, todo acto es una apuesta en tanto solo sabremos si fue lo correcto cuando haya ocurrido.
Muchas personas se preguntan: “si yo quiero hacer esto ¿porqué no lo hago?”. Digamos que somos seres complejos, atravesados por múltiples palabras, recuerdos, afectos y contradicciones.
Un acto suele implicar cambios más o menos notorios pero en todos los casos tendrá consecuencias. Incluso cuando se trata de situaciones que hemos querido por largo tiempo, no es sencillo soportar las consecuencias.
Entonces, un acto que es significativo para alguien normalmente genera temores e inquietudes previo a realizarse. Ese destello de nerviosismo, la serie de palpitaciones sorpresivas, la tormenta de ideas acerca de lo que puede llegar a pasar en el momento mismo del acto, se deben a que eso que está por hacerse es de suma importancia, es “determinante de la potencia” dirían los filósofos.
Aunque conscientemente se quiere lo mejor para la propia existencia y la de los seres queridos, nuestra naturaleza siempre deja traslucir esa veta masoquista y regrediente, que lleva a dudar, culparse y vacilar respecto de lo que verdaderamente quisiéramos hacer.
¿Quién no ha fantaseado con lograr un objetivo sin pagar por ello?.
Para citar algunas situaciones corrientes: “quiero recibirme de médico pero que la carrera dure tres años”, “quiero tener un hijo pero seguir teniendo la vida de siempre”, “quiero tener un cuerpo divino sin hacer nada para ello”, “quiero ser millonario sin tener que trabajar”, y la lista puede seguir cuanto ustedes quieran.
La verdad es que no pueden obtenerse grandes cosas con pocos movimientos. Aquí surge una proporción que, se la respete o no, siempre funciona: a grandes cambios, grandes movimientos. Lo grande no necesariamente es “grande” para todo el mundo, depende cómo lo vive cada quién. Los grandes movimientos pueden tener que ver con el tiempo, o bien con el esfuerzo, o bien con la persistencia.
Las postergaciones, las inhibiciones, los temores desmedidos suelen detener el acto y a veces pueden llevar a renunciar a un porvenir precioso. El deseo es algo que complica y facilita la vida a la vez, ya que es algo molesto hasta tanto no se materializa de alguna manera concreta. Pero una vez que un deseo auténtico logra encarnarse en acto, casi todas las cosas resultan más fáciles de transitar.
Dadas las circunstancias, puede que alguien quede detenido entre la idea y el acto, sin poder dar el paso necesario para saltar a otra cosa. A este salto se debe la incomodidad en cuestión. Como suelen decir en nuestros días, “hay que salir de la zona de confort”, no sé si siempre hay que salir, tal vez solo haya que hacerlo cuando ese cambio conlleve una mayor comodidad.
Por otra parte, los actos siempre se acompañan de un decir que los sostiene, pero no ocurre lo mismo a la inversa, ya que se pueden decir miles de cosas sin que existan actos adecuados a lo que se dijo. Por ejemplo, si digo “te amo, quiero estar con vos”, aquello que digo solo vale si encuentra su materialización en los actos. Tal es así que “a las palabras se la lleva el viento”, salvo que se las escriba con letras o con actos.
Volviendo al acto como apuesta, cuando alguien hace su apuesta se presenta allí donde es llamado: en tiempo y forma. Y es llamado por su propio querer.
Cuando un acto se vuelve necesario, las voces del deseo suenan y resuenan en cada cosa cotidiana, ¿Por qué no hacerle un lugar a aquello que no deja de insistir bajo múltiples formas?.

Muchas veces, poder escucharse es el primer paso para gestionar el acto. Tal como dijo J. Lacan, aunque la angustia amenace, “solo la acción quita a la angustia su certeza”.

miércoles, 27 de julio de 2016

Alta Fidelidad

Hubo momentos importantes en mi vida en donde no recuerdo haber estado ahí. Fueron momentos lindos, pero las preocupaciones me llevaban hacia otro lugar desde donde me contemplaba a mi misma como alguien que hacía bien las cosas.
Pero si recuerdo estar ahí cuando estuve con Daniel.
Salvo esa noche, el resto de las veces yo estaba ahí como nunca había estado. Incluso recuerdo el esfuerzo que hacía por contenerme, para que con cada palabra no se me fuera el alma.
Normalmente estaba llena de ideales, deberes, prejuicios y moral: el bien y el mal, lo que se debe y lo que no se debe. Con Daniel, nada funcionaba, literalmente no me importaba nada más que estar con él.
Era como una cuestión de vida o muerte, un beso era un mundo, “con vos todo o nada” le había dicho, y era así, porque no podía ser de otra manera. Claro que eso no es para cualquiera.
Pero a él le gustaba tenerme colgando de un hilo transparente que podía cortarse en cualquier momento. A él le gustaba saber que yo estaba, aunque prefería pensar que yo era una chica inalcanzable.
Me tuvo varias veces, pero igual se empecinaba en no tenerme. Hasta puedo decir que yo fui una fantasía necesaria para que él pudiera tener a otras mujeres.
Pero esto es demasiado complicado, tanto que ni siete psicólogos pudieron sacarlo de mi cabeza, y menos de mi corazón. Desde el principio fue una batalla perdida, era como querer separar a la música del oído...
Yo conocí la música gracias a mi padre. Él tenía un equipo de audio con grandes parlantes de madera que en la parte superior llevaban escrito “Alta Fidelidad”, es lo que también se denomina Hi-Fi. Siendo niña, no tenía la menor idea de lo que eso significaba, no lo supe hasta que conocí a Daniel.
Yo tuve una vida, tuve experiencias llenas de colores, tuve amores que supe disfrutar; pero él no se compara, lo que yo siento por él tampoco. Digamos que pasa por una cuestión calidad. Es Alta Fidelidad porque no hay mejor sonido que ese, no hay mejor sensación, porque se mezclan ilusión con realidad en las dosis justas.
Pase lo que pase, esté con quien esté, haga lo que haga esa es mi condena: serle fiel.
Ya lo sé, es una fidelidad tonta porque no es recíproca, pero mi amor por él es peor, porque es amor a un vacío, a una falta de respuesta; es amor a un cuerpo que no me busca más que en sueños.
Por experiencia pude comprobar que hay cosas que la razón no resuelve, aunque intente borrarlo de mí, siempre le seré fiel.
Le seré fiel como el pincel al óleo o como el libro a la escritura. Es una fidelidad como la que el mar le tiene a las olas, como la fidelidad que las raíces le tienen a la tierra...
Pero no quiero seguir haciendo comparaciones, porque este amor no se compara con nada, ni el sonido más envolvente podría traducir un amor así, de alta calidad.

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jueves, 30 de junio de 2016

Decir que no


A pesar de que la corriente cultural de nuestros días promueve el pensamiento positivo, no siempre hay que decir que sí. Pensar en positivo significa saber decir que no cuando es necesario. De hecho, solo en un sentido ideal puede hablarse de positivo y negativo por separado, ya que al decir que sí a una situación, simultáneamente se le dice que no a otras.
A veces, surgen situaciones en donde es difícil discernir si aquello que los demás piden es más o menos acorde con lo que cada quien quiere hacer. Hay momentos en donde determinado pedido, situación o relación no coincide con lo que la persona quiere, y a pesar de eso no puede decir que no.
Los ideales, los miedos, las inseguridades en muchas ocasiones colaboran para sostener circunstancias que son verdaderamente insoportables. A costos muy elevados, la situación desagradable permanece agravándose con el paso del tiempo. Es necesario reconocer una paradoja humana: decir que sí al sufrimiento es más sencillo que decir que sí al bienestar. ¿Acaso al ser humano le gusta sufrir?.
En realidad, es difícil decirle que no al sufrimiento porque esto implica apostar al bienestar, con los movimientos que esta apuesta requiere. Decir que no, es introducir un límite que demarca un terreno posible de habitar para cada persona. Por lo tanto, no es el sí lo que conlleva el no, es a partir del no que surge el sí por añadidura.
El campo de las relaciones muestra las dificultades que aparecen cuando es tiempo de decir que no y esta negativa no se produce. El problema que surge aquí es que sin el límite no surgen nuevas oportunidades de placer y satisfacción.
En el caso particular de las relaciones amorosas, la cuestión se complica porque hay más de una persona involucrada. Los actos que acompañan al hecho de decir que no suelen implicar grandes modificaciones (económicas, sociales, geográficas, anímicas) que inevitablemente provocan miedo, pero no necesariamente parálisis o resignación.
¿Cuándo es preciso decir que no?

·        Cuando el sufrimiento es algo “normal”.
·        cuando hay insatisfacción sostenida.
·        cuando existe maltrato físico, simbólico o emocional.
·      cuando la persona se siente muy desfasada entre lo que tiene y lo que quisiera tener.
·   cuando, en pos de sostener la situación actual, se renuncia a cosas, proyectos o acciones valiosas que la persona quisiera conservar.
·     cuando la situación imperante implica pérdida de dignidad, identidad o autonomía.

Aunque “decir que no” responde a cuestiones muy amplias, en la mayoría de los casos se esconde una verdad imposible de descuidar: hay que decir que no cuando el deseo no está allí.
Para ponerle un límite a lo intolerable resulta imprescindible detectar el malestar, des-naturalizando el dolor, la agresión y las ideas que impiden el simple placer de vivir.

El placer de vivir tiene su precio, pero nunca es tan costoso como el sufrimiento.

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miércoles, 1 de junio de 2016

Saber soltar


Si hay algo que resulta fácil en la vida es aferrarse a las personas, objetos o ideales.
Las dificultades surgen cuando llega el momento de soltar aquello que ya no podemos conservar.

Proveniente del verbo solvere, la etimología de la palabra soltar remite a la libertad y la absolución.
A la hora de soltar algo significativo, suele presentarse el conflicto entre el amor hacia otro y el amor propio, ya que si elijo el amor a lo perdido, el amor propio disminuye. Si decido preservar la propia integridad, una parte del amor hacia el otro se pierde.
Hay distintas situaciones en donde se hace necesario soltar:

·   Cuando una persona amada se ha ido
·   Cuando estamos con alguien que nos hace daño
·   Cuando ciertos ideales producen conductas  autodestructivas
·   Cuando un vínculo genera inestabilidad afectiva
·   Cuando una etapa de la vida ha finalizado
·   Cuando es momento de tomar una decisión importante
·   Cuando ocupamos un nuevo lugar en la familia 
    o la sociedad

En estos casos, deben soltarse diferentes cosas, pero el mecanismo que opera es el mismo. Cuanto más hemos amado, más doloroso será el acto de soltar ya que con el objeto que soltamos, una parte de la propia existencia se pierde. Pero mucho peor es el tormento si es tiempo de soltar y este acto se hace imposible, ya que en vez de perder solo una parte de nosotros mismos, se corre el riesgo de perdernos por completo.
Cuando es muy difícil soltar, queremos retener algo que ya se ha ido, y esta retención siempre tiene consecuencias que generan sufrimiento en el cuerpo, las relaciones, los pensamientos, los sentimientos. Pero el problema mayor de no aceptar las pérdidas es que, de este modo, no ganamos nada. Poniendo como ejemplo las etapas de la vida, para ser un adulto y gozar de la independencia que esta etapa conlleva, es imprescindible soltar la adolescencia. Es una especie de ley subjetiva: no hay ganancias sin pérdidas.
Tal como dijo J. Lacan, los seres humanos tienen el poder de retener o inventar. Cuando el momento de soltar se acerque, será cuestión de apostar a la invención, y a las posibilidades de ganancia que aparecen cuando dejamos de retener lo perdido.

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