martes, 27 de diciembre de 2016

¿Tiempos festivos?



Apenas comienza el mes de diciembre, un aire festivo circula por la calle, la televisión y las redes sociales. Las vidrieras se pintan de colores navideños y en la decoración predominan las campanas, los regalos y las diferentes figuras de Papá Noel.
Hay que admitir que las mejores propagandas de navidad fueron hechas por The Coca Cola Company, en la medida de que contagian esas ganas de disfrutar y querer hacer cosas divertidas.


Pero las fiestas no son tan divertidas para algunas personas, suele ser inevitable caer en cierta nostalgia al momento de brindar o de hacer balances sobre el tiempo trascurrido.
Cada año que pasa hay personas que ya no están en la familia, pero también hay personas nuevas, que entran en la vida para darle color y fuerza.
Ser objetivos, y pensar que el 24 de diciembre es un día más, es muy difícil considerando la complejidad de la mente humana. Los tiempos subjetivos no son los tiempos del almanaque sino que son tiempos llenos de afecto e historias singulares.
Lo que cuenta, no es el transcurso de los días o las horas, sino la forma en que los momentos fueron vividos, sentidos y registrados por cada uno.
Por otro lado, los momentos importantes casi siempre involucran a otros, sea como testigo, compañero o co-protagonista de la situación.
Aunque ya es sabido que no hace falta un banquete de comida y bebida, en navidad y año nuevo queremos innovar y estar reunidos en un permitido exceso. Pero a pesar del exceso y la alegría que hace al contexto navideño, hay personas que se entristecen por que las reuniones ya no son las mismas, porque la familia va cambiando a lo largo de los años, porque los niños crecen, porque algunos seres queridos se van, porque se van formando nuevas familias.
La nostalgia es un último intento desesperado por recuperar lo perdido, pero al precio de olvidar lo ganado en el presente. Lo cierto es que ningún tiempo puede ser realmente festivo a menos que se permita el ingreso de las cosas nuevas, diferentes, pero no por eso menos interesantes y agradables que las cosas viejas.
El escenario festivo de fin de año genera toda una serie de ilusiones no tan agradables, ilusiones que se acompañan de una marcada invitación al consumismo y las compras compulsivas. Claro que uno está en condiciones de elegir que va a comprar y cuanto puede gastar, pero más allá del dinero lo que se genera es la sensación de pasividad e incluso de obligación: hay que reunirse, hay que comprar, hay que disfrutar. ¿Cómo es que disfrutar se vuelve un deber?, tal vez sea un lema de nuestra época “sé feliz”, “come sano”, “progresa”, etc.
Lo que resulta importante es tener en cuenta que la angustia en épocas festivas no siempre se relaciona con momentos del pasado que no pueden reproducirse, sino con ideales desmedidos de felicidad.
Hay momentos simples que pueden transformarse en una verdadera fiesta, siempre y cuando cada uno sepa que tiene que poner algo de sí para inventar el momento, y disfrutar del  tiempo a su manera.

jueves, 11 de agosto de 2016

La potencia del acto

¿Qué es un acto?.
Las acepciones de la palabra acto remiten a la acción, a una celebración pública y solemne. En filosofía un acto es “lo real, lo que es determinación o perfección de la potencia” (Diccionario de la Real Academia Española). Acciones hay muchas, y generalmente no tienen mayor pertinencia, pero los actos que una persona gestiona durante su vida se pueden contar.
El acto como perfección de la potencia es un momento gestionado por un sujeto activo, que marca una antes y un después en la vida. Aquel que comete su acto no solo es activo, también está sumamente despierto y decidido a realizar su apuesta.
Por más que el ser humano busque certezas y se las ingenie para evitar el azar lo máximo posible, todo acto es una apuesta en tanto solo sabremos si fue lo correcto cuando haya ocurrido.
Muchas personas se preguntan: “si yo quiero hacer esto ¿porqué no lo hago?”. Digamos que somos seres complejos, atravesados por múltiples palabras, recuerdos, afectos y contradicciones.
Un acto suele implicar cambios más o menos notorios pero en todos los casos tendrá consecuencias. Incluso cuando se trata de situaciones que hemos querido por largo tiempo, no es sencillo soportar las consecuencias.
Entonces, un acto que es significativo para alguien normalmente genera temores e inquietudes previo a realizarse. Ese destello de nerviosismo, la serie de palpitaciones sorpresivas, la tormenta de ideas acerca de lo que puede llegar a pasar en el momento mismo del acto, se deben a que eso que está por hacerse es de suma importancia, es “determinante de la potencia” dirían los filósofos.
Aunque conscientemente se quiere lo mejor para la propia existencia y la de los seres queridos, nuestra naturaleza siempre deja traslucir esa veta masoquista y regrediente, que lleva a dudar, culparse y vacilar respecto de lo que verdaderamente quisiéramos hacer.
¿Quién no ha fantaseado con lograr un objetivo sin pagar por ello?.
Para citar algunas situaciones corrientes: “quiero recibirme de médico pero que la carrera dure tres años”, “quiero tener un hijo pero seguir teniendo la vida de siempre”, “quiero tener un cuerpo divino sin hacer nada para ello”, “quiero ser millonario sin tener que trabajar”, y la lista puede seguir cuanto ustedes quieran.
La verdad es que no pueden obtenerse grandes cosas con pocos movimientos. Aquí surge una proporción que, se la respete o no, siempre funciona: a grandes cambios, grandes movimientos. Lo grande no necesariamente es “grande” para todo el mundo, depende cómo lo vive cada quién. Los grandes movimientos pueden tener que ver con el tiempo, o bien con el esfuerzo, o bien con la persistencia.
Las postergaciones, las inhibiciones, los temores desmedidos suelen detener el acto y a veces pueden llevar a renunciar a un porvenir precioso. El deseo es algo que complica y facilita la vida a la vez, ya que es algo molesto hasta tanto no se materializa de alguna manera concreta. Pero una vez que un deseo auténtico logra encarnarse en acto, casi todas las cosas resultan más fáciles de transitar.
Dadas las circunstancias, puede que alguien quede detenido entre la idea y el acto, sin poder dar el paso necesario para saltar a otra cosa. A este salto se debe la incomodidad en cuestión. Como suelen decir en nuestros días, “hay que salir de la zona de confort”, no sé si siempre hay que salir, tal vez solo haya que hacerlo cuando ese cambio conlleve una mayor comodidad.
Por otra parte, los actos siempre se acompañan de un decir que los sostiene, pero no ocurre lo mismo a la inversa, ya que se pueden decir miles de cosas sin que existan actos adecuados a lo que se dijo. Por ejemplo, si digo “te amo, quiero estar con vos”, aquello que digo solo vale si encuentra su materialización en los actos. Tal es así que “a las palabras se la lleva el viento”, salvo que se las escriba con letras o con actos.
Volviendo al acto como apuesta, cuando alguien hace su apuesta se presenta allí donde es llamado: en tiempo y forma. Y es llamado por su propio querer.
Cuando un acto se vuelve necesario, las voces del deseo suenan y resuenan en cada cosa cotidiana, ¿Por qué no hacerle un lugar a aquello que no deja de insistir bajo múltiples formas?.

Muchas veces, poder escucharse es el primer paso para gestionar el acto. Tal como dijo J. Lacan, aunque la angustia amenace, “solo la acción quita a la angustia su certeza”.

miércoles, 27 de julio de 2016

Alta Fidelidad

Hubo momentos importantes en mi vida en donde no recuerdo haber estado ahí. Fueron momentos lindos, pero las preocupaciones me llevaban hacia otro lugar desde donde me contemplaba a mi misma como alguien que hacía bien las cosas.
Pero si recuerdo estar ahí cuando estuve con Daniel.
Salvo esa noche, el resto de las veces yo estaba ahí como nunca había estado. Incluso recuerdo el esfuerzo que hacía por contenerme, para que con cada palabra no se me fuera el alma.
Normalmente estaba llena de ideales, deberes, prejuicios y moral: el bien y el mal, lo que se debe y lo que no se debe. Con Daniel, nada funcionaba, literalmente no me importaba nada más que estar con él.
Era como una cuestión de vida o muerte, un beso era un mundo, “con vos todo o nada” le había dicho, y era así, porque no podía ser de otra manera. Claro que eso no es para cualquiera.
Pero a él le gustaba tenerme colgando de un hilo transparente que podía cortarse en cualquier momento. A él le gustaba saber que yo estaba, aunque prefería pensar que yo era una chica inalcanzable.
Me tuvo varias veces, pero igual se empecinaba en no tenerme. Hasta puedo decir que yo fui una fantasía necesaria para que él pudiera tener a otras mujeres.
Pero esto es demasiado complicado, tanto que ni siete psicólogos pudieron sacarlo de mi cabeza, y menos de mi corazón. Desde el principio fue una batalla perdida, era como querer separar a la música del oído...
Yo conocí la música gracias a mi padre. Él tenía un equipo de audio con grandes parlantes de madera que en la parte superior llevaban escrito “Alta Fidelidad”, es lo que también se denomina Hi-Fi. Siendo niña, no tenía la menor idea de lo que eso significaba, no lo supe hasta que conocí a Daniel.
Yo tuve una vida, tuve experiencias llenas de colores, tuve amores que supe disfrutar; pero él no se compara, lo que yo siento por él tampoco. Digamos que pasa por una cuestión calidad. Es Alta Fidelidad porque no hay mejor sonido que ese, no hay mejor sensación, porque se mezclan ilusión con realidad en las dosis justas.
Pase lo que pase, esté con quien esté, haga lo que haga esa es mi condena: serle fiel.
Ya lo sé, es una fidelidad tonta porque no es recíproca, pero mi amor por él es peor, porque es amor a un vacío, a una falta de respuesta; es amor a un cuerpo que no me busca más que en sueños.
Por experiencia pude comprobar que hay cosas que la razón no resuelve, aunque intente borrarlo de mí, siempre le seré fiel.
Le seré fiel como el pincel al óleo o como el libro a la escritura. Es una fidelidad como la que el mar le tiene a las olas, como la fidelidad que las raíces le tienen a la tierra...
Pero no quiero seguir haciendo comparaciones, porque este amor no se compara con nada, ni el sonido más envolvente podría traducir un amor así, de alta calidad.

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jueves, 30 de junio de 2016

Decir que no


A pesar de que la corriente cultural de nuestros días promueve el pensamiento positivo, no siempre hay que decir que sí. Pensar en positivo significa saber decir que no cuando es necesario. De hecho, solo en un sentido ideal puede hablarse de positivo y negativo por separado, ya que al decir que sí a una situación, simultáneamente se le dice que no a otras.
A veces, surgen situaciones en donde es difícil discernir si aquello que los demás piden es más o menos acorde con lo que cada quien quiere hacer. Hay momentos en donde determinado pedido, situación o relación no coincide con lo que la persona quiere, y a pesar de eso no puede decir que no.
Los ideales, los miedos, las inseguridades en muchas ocasiones colaboran para sostener circunstancias que son verdaderamente insoportables. A costos muy elevados, la situación desagradable permanece agravándose con el paso del tiempo. Es necesario reconocer una paradoja humana: decir que sí al sufrimiento es más sencillo que decir que sí al bienestar. ¿Acaso al ser humano le gusta sufrir?.
En realidad, es difícil decirle que no al sufrimiento porque esto implica apostar al bienestar, con los movimientos que esta apuesta requiere. Decir que no, es introducir un límite que demarca un terreno posible de habitar para cada persona. Por lo tanto, no es el sí lo que conlleva el no, es a partir del no que surge el sí por añadidura.
El campo de las relaciones muestra las dificultades que aparecen cuando es tiempo de decir que no y esta negativa no se produce. El problema que surge aquí es que sin el límite no surgen nuevas oportunidades de placer y satisfacción.
En el caso particular de las relaciones amorosas, la cuestión se complica porque hay más de una persona involucrada. Los actos que acompañan al hecho de decir que no suelen implicar grandes modificaciones (económicas, sociales, geográficas, anímicas) que inevitablemente provocan miedo, pero no necesariamente parálisis o resignación.
¿Cuándo es preciso decir que no?

·        Cuando el sufrimiento es algo “normal”.
·        cuando hay insatisfacción sostenida.
·        cuando existe maltrato físico, simbólico o emocional.
·      cuando la persona se siente muy desfasada entre lo que tiene y lo que quisiera tener.
·   cuando, en pos de sostener la situación actual, se renuncia a cosas, proyectos o acciones valiosas que la persona quisiera conservar.
·     cuando la situación imperante implica pérdida de dignidad, identidad o autonomía.

Aunque “decir que no” responde a cuestiones muy amplias, en la mayoría de los casos se esconde una verdad imposible de descuidar: hay que decir que no cuando el deseo no está allí.
Para ponerle un límite a lo intolerable resulta imprescindible detectar el malestar, des-naturalizando el dolor, la agresión y las ideas que impiden el simple placer de vivir.

El placer de vivir tiene su precio, pero nunca es tan costoso como el sufrimiento.

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miércoles, 1 de junio de 2016

Saber soltar


Si hay algo que resulta fácil en la vida es aferrarse a las personas, objetos o ideales.
Las dificultades surgen cuando llega el momento de soltar aquello que ya no podemos conservar.

Proveniente del verbo solvere, la etimología de la palabra soltar remite a la libertad y la absolución.
A la hora de soltar algo significativo, suele presentarse el conflicto entre el amor hacia otro y el amor propio, ya que si elijo el amor a lo perdido, el amor propio disminuye. Si decido preservar la propia integridad, una parte del amor hacia el otro se pierde.
Hay distintas situaciones en donde se hace necesario soltar:

·   Cuando una persona amada se ha ido
·   Cuando estamos con alguien que nos hace daño
·   Cuando ciertos ideales producen conductas  autodestructivas
·   Cuando un vínculo genera inestabilidad afectiva
·   Cuando una etapa de la vida ha finalizado
·   Cuando es momento de tomar una decisión importante
·   Cuando ocupamos un nuevo lugar en la familia 
    o la sociedad

En estos casos, deben soltarse diferentes cosas, pero el mecanismo que opera es el mismo. Cuanto más hemos amado, más doloroso será el acto de soltar ya que con el objeto que soltamos, una parte de la propia existencia se pierde. Pero mucho peor es el tormento si es tiempo de soltar y este acto se hace imposible, ya que en vez de perder solo una parte de nosotros mismos, se corre el riesgo de perdernos por completo.
Cuando es muy difícil soltar, queremos retener algo que ya se ha ido, y esta retención siempre tiene consecuencias que generan sufrimiento en el cuerpo, las relaciones, los pensamientos, los sentimientos. Pero el problema mayor de no aceptar las pérdidas es que, de este modo, no ganamos nada. Poniendo como ejemplo las etapas de la vida, para ser un adulto y gozar de la independencia que esta etapa conlleva, es imprescindible soltar la adolescencia. Es una especie de ley subjetiva: no hay ganancias sin pérdidas.
Tal como dijo J. Lacan, los seres humanos tienen el poder de retener o inventar. Cuando el momento de soltar se acerque, será cuestión de apostar a la invención, y a las posibilidades de ganancia que aparecen cuando dejamos de retener lo perdido.

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viernes, 27 de mayo de 2016

Los números no saben bailar

No me pasa nada. Nada más que sentirme inservible.
Esta sensación es nueva, y existe desde que trabajo en este lugar lleno de números.
Lo que debería ser una oportunidad para mi futuro, se transforma de a poco en una tabla de medida de mis propias capacidades, una tabla que va marcando que no sirvo para esto.
Quiero hacerlo bien porque me corresponde, se supone que me pagan por eso, pero lo que tengo que hacer no me importa en lo más mínimo. Quisiera ser más abierta y poder interesarme por lo que no me importa, pero solo quiero irme a hacer lo mío.
Solo Dios sabe que es “hacer lo mío”, si es que lo mío existe.
Pienso en esto como si eso me ayudara  a calmarme, a volver al planeta. Ya no me encuentro allí en donde solía estar, tan segura, tan decidida, yendo siempre para adelante. Lo que pasa es que no termino de ubicarme en mi nuevo trabajo.
Si. Siempre fui débil para estas cosas, quiero decir, para los números. Siento que me estoy esforzando en sobremanera, que estoy haciendo el esfuerzo más grande de mi vida porque estoy en un lugar en donde no tengo idea de casi nada, no se quién es quién, que se hace en ciertos casos…solo quisiera saber que se hace para hacerlo y que todos se callen.
Soy más débil de lo que parece porque descubrí que enseguida ya me desespero. Cuando surge algún inconveniente quiero salir corriendo, irme a no se que lugar seguro y placentero en donde no soy una estafa.
Quisiera no ser así, tan exigente, o infeliz que es lo mismo.
No es ninguna novedad, se dan cuenta que estoy sufriendo, a pesar de que trataba empecinadamente de disimularlo y mostrarme contenta. No, a mi trabajo no lo hago con los ojos cerrados si eso es lo que se pretende de mí. Tampoco me place ir al banco para hacer las transacciones y sentir la ansiedad de volver a mi casa porque el tiempo me corre.
Por lo visto no solo pretenden que yo “cumpla” (palabra que odio) con mis labores, sino que también tengo que estar conforme con lo que hago, contenta, feliz y relajada.
Presiento que se me está escapando algo muy importante y no se que es, jamás me pasó el no darme cuenta que hice algo mal y que se dieran cuenta los otros. Es como si tuviera un velo en los ojos que no me permite ver el sentido común. De lo que hay o no que hacer, cuando, cómo. La cuestión es que me siento cada vez peor, como perdida, desganada y sin sentido. Debería ser más simple: ir a trabajar, hacer lo que tengo que hacer y callarme la boca.
Como negar el hecho de que estoy desfasada, yo no soy la que habla por teléfono con los proveedores, la que va hasta allá y se encarga de abrir y acondicionar el lugar antes de que lleguen los clientes, no soy yo la que calcula los gastos semanales, de a poco me fui yendo a otra parte.
Me gustaría saber que es lo mío, pero no tengo energías para buscarlo. Este trabajo me fue consumiendo la mente, el tiempo, el ánimo. No lo pude evitar, estoy todo el día preocupada por lo que tengo que hacer al otro día, ya que siempre se me acumulan demandas que no logro satisfacer.
No, claro que no nací para esto, mi pensamiento no es numérico.  Claro que tengo otra mente, claro que no me gusta, claro que me es terriblemente difícil, pero esa es una solución facilista. La pregunta es si quiero seguir perdiendo lo mejor de mi o no, si vale la pena romperme los sesos y llorar como una nena todas las tardes, odiar los domingos y si, es cierto, no poder disfrutar de absolutamente nada de lo que tengo.
Al principio era solo para hacer algo de dinero, se suponía que eran solo 4 horas cuando en realidad son 6 o 7. Después se transformó en cualquier cosa, empecé a volverme loquita, a tener mucho pero mucho miedo de todo, las facturas, los informes, los clientes, los horribles mensajes de mi jefa en el escritorio que son casi ilegibles. Porque no se de lo que hablo, no se con quien hablo. Se me preguntan cosas que yo jamás pude haberlas aprendido. No tengo la menor idea de lo que es un cloro activo; y es cierto, debería atender alguien que sepa del tema.
Lo mismo sucede con los números, los registros incomprensibles que llevaba la empleada anterior, los manejes económicos que yo no entiendo, esas becas que no se a que período corresponden, esos proveedores que exigen transferencias todo el tiempo y no te avisan nada.
A eso se le suman 20 personas que demandan atención, que hagas llamados, que reintegres dinero, que soluciones un problema que no está en las manos de nadie, que le llames un taxi, que vayas a llevar un sobre a 10 kilómetros, que compres cosas, que envíes muestras sin decirte adonde, que sepas distinguir todos los tipos de agua existentes, que recuerdes todos los números de teléfono, que rindas cuentas.
Para colmo de males, el frío me atonta, los llamados constantes me dispersan y ya no se que era lo que estaba haciendo, para saber cuanto sale un análisis es una tortura, dar un presupuesto se vuelve una hazaña y ya para las 14 hs me olvidé de quien soy, porque veo a una pobre mina que está re perdida, con sueño, con hambre, con bronca. Como un enano mensajero que va de acá para allá por que lo mandan.
No, no puedo disfrutar, y tengo miedo de ir mañana, miedo de que me digan que no me aceptan un papel por que falta algún sello. Que hablen a mis espaldas de lo estúpida que soy para pasar los informes o para anotar tonterías en una planilla.
Pero ese es el punto, todas estas cosas me parecen tonterías. Y si este trabajo me parece una tontería, ¿que es lo que yo podría tomar en serio?. 
En vez de quejarme, debería usar esa colección de certificados que fui acumulando desde mi adolescencia para encontrar un trabajo más a mi medida. Los números no tienen sentido pero la danza es algo serio. No es casual que en eso sea verdaderamente buena.


miércoles, 24 de febrero de 2016

Vencer la timidez

Miguel Ángel
Existen situaciones que generan nerviosismo en la mayoría de las personas. Tal es el caso de hablar en público y dar a conocer los propios pensamientos.
¿Aquí se trata de timidez?
Cierto grado de inhibición es común en todas las personas y hay momentos en donde la ansiedad aparece para todos, ya que se trata de circunstancias en donde uno siente que es “puesto a prueba”.
Sería extraño que alguien hiciera algo importante por primera vez y no estuviera nervioso. Cuando algo importa, nos esmeramos por hacerlo lo mejor posible y estas presiones por dar “una buena impresión” son las causantes del nerviosismo de las primeras veces. Por otro lado, el temor a lo desconocido siempre acompaña a los bautismos vivenciales de las nuevas experiencias.
Pero esta adrenalina que implican ciertas vivencias no es timidez. Una cuota de angustia nos acompaña cuando transitamos un momento nuevo, pero normalmente dicha sensación no impide que podamos concretar el objetivo en cuestión.
Distinta es la situación en donde la angustia impide terminar aquello que empezamos por ser demasiado intensa. Si las presiones por agradar son elevadas, el nerviosismo se transforma en timidez.
Podemos definir la timidez como un estado que perdura en el tiempo y se extiende sobre casi todas las situaciones vinculares de la persona.
Cuando la timidez impide hacer las cosas que queremos puede transformarse en un problema, ya que interviene en las relaciones sociales. Alguien que padece timidez al momento de comunicarse siente una opresión generalizada en el cuerpo. La timidez hace que las palabras que se quieren decir sean retenidas o descartadas por inadecuadas, lo cual obstaculiza un lazo fluido con los demás.
Pero ¿quién tiene el poder de decidir que palabras son las correctas?
Detrás de la timidez se esconde un sistema de pensamiento muy severo en donde cualquier risa, comentario o gesto de los demás puede ser interpretado negativamente. Esto significa que la timidez no responde a una situación específica que genera nervios sino fundamentalmente a un pensamiento negativo sobre sí mismo.

Algunas constantes que manifiestan las personas con timidez son las siguientes:

1. Resulta costoso entablar una conversación con alguien que apenas se conoce (las charlas fluidas solo se  mantienen con familiares y personas muy conocidas).
2. Cuando le hacen una pregunta, piensa demasiado las  respuestas.
3. Surgen ganas de decir o hacer cosas pero la persona  no se anima a tomar la iniciativa.
4. Frecuentemente surge el temor a quedar mal frente a  los demás.
5.  Predomina la creencia de que los otros hacen mejor las  cosas: saben más, hablan mejor, visten mejor, son más  bellos, son más inteligentes, tienen más dinero, etc.
6.  Intenta pasar desapercibido/a en toda situación.
7. Suele definirse a sí mismo con atributos que lo    descalifican.
8.  Las comparaciones con los demás son casi inevitables,  y en estos “análisis comparativos”, la persona tímida  siempre termina perdiendo.

La timidez es resultado de una serie de inseguridades que remiten a componentes íntimos de la personalidad. Aquello que atemoriza y genera ansiedad en la persona con timidez, suele relacionarse con aspectos no reconocidos/aceptados de la forma de ser.
El sujeto con timidez suele atribuir a los demás cosas que no poseen, perdiendo de vista los propios atributos que lo singularizan. Aquello que proyecta en los otros es la propia mirada negativa que recae sobre sí, ya que no posee fundamentos reales para sostener que toda la gente podría tener una mala concepción sobre su persona. Digamos que no podemos agradar a todo el mundo, del mismo modo en que no nos agradan por igual todas las personas; e incluso hay seres que nos desagradan. Lo esencial a retener es que la persona tímida proyecta y generaliza percepciones internas.
A diferencia del miedo a lo desconocido, la timidez se refiere a un miedo a lo conocido pero no valorado de sí mismo. En este sentido, la timidez disfraza y oculta lo más auténtico de cada uno; transformando situaciones que podrían ser agradables en un verdadero calvario.
Para vencer la timidez, será cuestión de flexibilizar el sistema severo de pensamiento que critica, compara, juzga sin cesar.
Por otra parte, es necesario quebrar el imaginario que dice que los demás son mejores y están en condiciones de calificarnos. En realidad, todos tenemos la labor de enfrentar distintas dificultades, por este motivo ninguna persona estaría en condiciones de evaluar la personalidad de nadie.  Hay que recordar que cualquiera puede hacer el ridículo en público, como dice el dicho “nadie es perfecto”.
Pero lo principal, será reconocer lo singular que nos caracteriza y valorarlo por encima de cualquier tipo de comparación o evaluador externo. Dejar de tener miedo de mostrar, compartir o intercambiar lo que somos, ya que si actuamos desde un lugar de autenticidad la mirada de los otros pierde relevancia.

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